martes, 16 de marzo de 2010

La Biblia, la ciencia y la televisión. Por Raúl Esperante-Caamaño

La Biblia y las creencias bíblicas tradicionales son presentadas frecuentemente en programas científicos y documentales, en la televisión o en DVD. Muchos creyentes, incluyendo padres, profesores y estudiantes, se ven confundidos por las presentaciones de importantes científicos, arqueólogos e historiadores que cuestionan las explicaciones tradicionales o la validez de ciertas afirmaciones de las Sagradas Escrituras.

Según estos expertos, no existe ningún indicio histórico o arqueológico para Moisés, el éxodo o el cruce del mar Rojo, los israelitas nunca fueron un pueblo esclavo en la tierra de Egipto, y mucho menos conquistaron Canaán. Rechazan a David y Salomón como figuras históricas, y consideran que gran parte del relato bíblico concerniente al tiempo de los jueces y los profetas es solo un elaborado compendio de historias, preparadas por escribas hebreos para establecer el espíritu de la nación judía.

Los nuevos documentales y programas televisivos sobre la Biblia y la historia antigua son presentados en forma vívida, con entrevistas y acción directa que recrean la vida del pasado, proporcionando de esta manera una escena más verosímil que la del relato bíblico. Frecuentemente estas recreaciones desafían la interpretación tradicional de la historia bíblica con nuevas respuestas provocativas, las cuales van dirigidas a sacudir el fundamento de nuestra fe en la fiabilidad del Antiguo Testamento.

Una mirada detallada a estos documentales y programas permite ver que la información que presentan está llena de problemas y fallos. Los padres, profesores y estudiantes deberían observar estos programas con una mente crítica y evaluadora, que considere la ciencia y la Biblia como dos importantes fuentes de información histórica y, al mismo tiempo, reconozca las limitaciones de nuestra capacidad de interpretación.

Debido a la naturaleza de mi trabajo científico, tengo la oportunidad de estudiar el mismo material y observar los mismos o similares descubrimientos que se presentan en la televisión en elaborados documentales. En general compruebo que muchas de las afirmaciones que se hacen delante de la cámara son cuestionables por su parcialidad, la falta de suficientes pruebas o la excesiva influencia de Hollywood en la presentación y el énfasis. Una demostración de estos puntos requeriría la presentación de varios ejemplos de documentales y su evaluación detallada, lo cual está fuera del alcance de esta revista. Sin embargo, me gustaría sugerir a aquellos lectores que creen que su fe en la Biblia se ve amenazada por la información presentada en los medios de comunicación, que presten atención a algunos aspectos significativos de estos documentales.

La ciencia como un dios

La forma en que se presentan los descubrimientos y las interpretaciones científicas sugiere que éstas están muy por encima y son más precisas que las viejas historias de la Biblia. Al mostrar la sofisticada tecnología y metodología utilizadas en estas investigaciones, el espectador tiene la impresión de que los científicos están “excavando” la verdad, convirtiendo así la ciencia en infalible. El espectador debe recordar que la misma tecnología es usada por científicos y arqueólogos con postulados completamente opuestos, y que su utilización no convierte una idea o interpretación en más válida que otra.

Selección de las pruebas

Éste es un sesgo muy frecuente en las presentaciones científicas, especialmente en aquéllas que tocan aspectos relacionados con la historia bíblica. El famoso libro El código Da Vinci es un ejemplo de uso parcial, equivocado y selectivo de indicios históricos y bíblicos, generalmente entremezclados con un énfasis en el descrédito de la Escritura. En los programas televisivos, las pruebas contradictorias con las ideas de los investigadores representados son descartadas o simplemente ignoradas. Este prejuicio no solo se da en referencia a ideas bíblicas, sino también en lo tocante a ideas científicas que no son “populares”. Como ejemplo, mencionaré la predominancia de la idea de la extinción de los dinosaurios por un impacto meteórico, lo cual se presenta no solo como la única idea aceptada por los científicos, sino además como confirmada. Esto está lejos de la realidad, pues no solo hay desacuerdos entre los científicos, sino que además hay muchos detalles que no encajan en el modelo. Pero esos desacuerdos y contradicciones no se presentan en los documentales, los cuales son editados con una selección minuciosa de pruebas.

Selección de las palabras

En los documentales de la televisión se oyen las palabras “hechos”, “pruebas”, “demostrado”, “comprobado”, “científico”, “real”, “realidad”… en las declaraciones de los seleccionados científicos que intervienen. El uso selectivo de un lenguaje de completa afirmación o totalidad confiere un aura de seguridad y veracidad al oyente, que tiende a creer que las ideas asociadas a dicho lenguaje son más verosímiles. Esos mismos científicos suelen menospreciar las ideas alternativas (creacionistas, religiosas, tradicionales o de cualquier tipo que no sea la naturalista) con palabras como “ideas primitivas”, “leyendas”, “mitos”, “pseudocientíficas”, etcétera. Sin embargo, la categorización de las ideas no las convierte en más o menos verosímiles, y el lector de la Escritura debe tener cuidado para no dejarse llevar por quienes le quieren engañar con teorías y argumentos falsos, pues ellos no se apoyan en Cristo, sino en las tradiciones de los hombres y en los poderes que domina este mundo. Es cierto que el mundo académico actual esta dominado por aquellos que cuestionan la veracidad de la Biblia, pero todavía quedan muchos en esos círculos que afirman enfáticamente su fe en la Escritura y que la sostienen con poderosos argumentos.

Predominio del naturalismo

El avance de la ciencia en las últimas décadas ha llevado a muchos eruditos e investigadores a creer que cualquier evento bíblico o hallazgo relacionado con la Escritura ha de ser interpretado dentro de un marco exclusivamente naturalista. Se descarta lo sobrenatural como imposible o innecesario, puesto que hay (o se cree que hay) una “mejor” explicación materialista. Al mismo tiempo, se supone y se deja implícito que las personas educadas o inteligentes no han de creer en lo sobrenatural. Los documentales televisivos y los artículos de las revistas se centran en lo material, natural y potencialmente comprobable por medio de la observación o la experimentación. La acción sobrenatural no se contempla, excepto para asociarla con el oscurantismo de la Edad Media en Europa.

Interpretaciones extrañas de la Biblia

La Biblia no es un libro de texto, ni un compendio de historia, ni un libro con exhaustivas y detalladas explicaciones científicas. Los eventos que se presentan allí no son generalmente explicados en un marco de causa-efecto, al que estamos acostumbrados en la vida diaria o en el trabajo científico. El escritor bíblico asume que Dios está en control y conoce las causas.

Un ejemplo bien conocido es el de las plagas en Egipto, las cuales son producidas milagrosamente por Dios, pero que se basan en agentes y procesos naturales. El creyente bíblico señala que Dios produjo los milagros (plagas) utilizando los “materiales” naturales y las leyes de la física y la química, de una manera que nosotros los humanos no podemos. Los documentales televisivos generalmente presentan estas plagas como el simple resultado de los agentes de la naturaleza y de la exageración del escritor. Con frecuencia se entrevista a ciertos investigadores que presentan las “avanzadas” ideas con frases como “tradicionalmente los investigadores creían que… pero ahora los eruditos están seguros de…”, y esto sin haber presentado la idea tradicional de una forma equilibrada y clara. De nuevo el lector cristiano debe ejercer su espíritu crítico y separar la paja del grano.

Los creyentes no deben sentir que su fe se ve amenazada por las presentaciones, programas o documentales científicos en los medios de comunicación. Hay abundante evidencia y pruebas que testifican de la validez de la historia bíblica, pero esto no se muestra en la pantalla ni en la prensa. Sin embargo, un ojo crítico y una mente entrenada en la Biblia es capaz, muchas veces, de distinguir entre la verdad y el error.



Fuente: ElCentinela.com
Autor: Raúl Esperante Caamaño, recibió su doctorado (PhD) en la paleontología de vertebrados de la Universidad de Loma Linda, California. En la actualidad trabaja en el Instituto de Investigaciones en Geociencias. Sus intereses de investigación incluyen la tafonomía de fósiles de mamíferos marinos (ver la formación de Pisco), las tasas de deposición de diatomeas, y de la interpretación catastrófica de los sitios de fósiles. Ha publicado en muchas revistas, incluyendo la geología y ha presentado información a la Sociedad Geológica de América.

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domingo, 7 de marzo de 2010

Honrar a Dios el Creador. Por Angel Manuel Rodríguez

¿Es verdad que algunos 
científicos y teólogos adventistas ya no creen que Dios creó el mundo en seis días literales?

La respuesta simple es: “Sí, es verdad”. En su carta usted también me pregunta a qué se debe esto. No puedo 
 entrar en todos los detalles, pero le daré algunas de las principales razones de semejante postura. Permítame aclarar que el número de teólogos adventistas que adoptaron algún tipo de modelo evolucionista es muy reducido. Sospecho que lo mismo se aplica a los científicos. Entre los teólogos el tema fundamental se relaciona con la metodología apropiada para interpretar la Biblia. Su lectura de Génesis 1-11 se basa en una comprensión particular de la revelación e inspiración.

1. Revelación e inspiración: Los adventistas creemos que la Biblia es su propio intérprete. Esto se basa en la convicción de que en último término su autor es Dios; que como hay un Autor, el mensaje de la Biblia posee una unidad fundamental; y que un pasaje tiene que ser interpretado en su sentido literal a menos que el contexto señale lo contrario. Los que promueven alguna forma de evolucionismo dentro de la iglesia han rechazado o cuestionado la mayoría de estos principios. En lo que respecta a la revelación e inspiración enfatizan la inspiración del pensamiento (que Dios solo revela pensamientos e ideas a los profetas). Esta postura llevada al extremo, limita la autoridad de la Biblia. En relación con Génesis 1 y 2, para ellos esto significa que Dios no reveló al escritor bíblico cómo creó. Para ellos la pregunta es: ¿Qué idea o pensamiento reveló Dios al profeta? La respuesta que dan: Dios les reveló que él era el Creador. Como el texto, dicen, no define cómo creó, la respuesta a esta pregunta podría ser la evolución. En lugar de permitir que la Biblia se interprete a sí misma (que en este caso significa que Dios es el Creador porque creó todo en seis días), concluyen arbitrariamente que no se responde al cómo. Uno podría sugerir inclusive que en primer término aceptan la evolución y luego reinterpretan el texto para que coincida con sus conclusiones previas.

2. Presuposiciones adicionadas al texto: Esos teólogos hacen uso de materiales no bíblicos para determinar el 
significado del texto bíblico. Sostienen que la narrativa 
de la creación bíblica no debería ser interpretada de manera literal porque este tipo de literatura era común en el 
Antiguo Cercano Oriente, donde se la utilizaba para transmitir la idea de que un Dios particular era el creador supremo. Se aplica entonces ese argumento a Génesis 1 y 2. Pero las narrativas de la creación del Antiguo Cercano Oriente no describen a un dios particular que crea todas las cosas. En efecto, los estudiosos consideran que una de las más largas de esas narrativas es un relato de propaganda que buscaba justificar el papel supremo de un dios sobre los otros, y no una narrativa de la creación.

Asimismo, Génesis 1 y 2 es único en su género. Ninguno de los textos de la antigüedad se le aproxima en términos de estilo, organización y profundidad teológica. En Génesis parece haber un testigo que describe lo que vio. Esta singularidad lo coloca en una categoría diferente, la categoría de la revelación bíblica. Algunos de estos investigadores han llegado a la conclusión de que la fuerza explicativa de la evolución natural es suficiente para establecer su confiabilidad. Se usa entonces a la “ciencia” para definir la teología y la doctrina cristianas.

3. Su preocupación: El espacio no me permite decir más sobre la tragedia de los adventistas evolucionistas. Pero quiero ocuparme de la preocupación que usted expresa respecto de qué hacer como padre adventista ante esta situación. Concuerdo en que es terrible que docentes de nuestros colegios y universidades sostengan y apoyen la idea de que la evolución natural es la mejor alternativa para comprender los orígenes. Estas personas no solo violan el significado del texto bíblico, sino también la confianza que la iglesia colocó en ellos al llamarlos a enseñar a nuestros jóvenes.

La verdad, tiene pocas alternativas. Recuerde, usted está pagando para que sus hijos reciban una educación adventista; y si la institución no la está brindando, tiene que tomar una decisión. Le sugiero que visite nuestras instituciones y hable con los docentes respecto de sus posturas sobre la evolución natural y su interpretación de Génesis 1 y 2. Si no queda tranquilo con las respuestas, disuada a su hijo/a de asistir a esa institución. La mayoría de los docentes de otras instituciones adventistas creen en lo que dice la Biblia. Usted también 
podría informar a la administración de la institución sobre sus hallazgos.



Fuente: Adventit World
Autor: Ángel Manuel Rodríguez. Doctorado en teología (ThD) Andrews University. Desde 1992 comienza a el trabajar para Biblical Research Institute (BRI) General Conference of Seventh-day Adventists y desde el 2002 es el Director. Autor de destacados libros y artículos en la revistas adventistas, destacándose su columna mensual en Adventist World. Fue director del Antillian College y vicepresidente académico del Southwestern Adventist University.
Fotografía: St. John's Bible / Donald Jackson with contributions from Chris Tomlin

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domingo, 14 de febrero de 2010

Disensión natural: La Ética de la biología de la evolucionista. Por Ron Osborn

Es probable que alguien que visitara el campo en Nueva Inglaterra y se detuviera a pedir a un nativo que le indicara el modo de llegar a un lugar determinado pudiese recibir la inquietante respuesta: «Forastero, desde aquí no podrá llegar allí». Evidentemente, la dura réplica es una falacia y el viajero extraviado insistiría en que siempre es posible llegar a cualquier parte desde cualquier lugar. Aun así, antes de indicar el camino correcto, el obstinado yanqui declararía solemnemente que para llegar a ese lugar es preciso empezar en algún otro lugar.

En el trabajo que sigue adoptaré el punto de vista de Nueva Inglaterra en referencia a un terreno filosófico particularmente escabroso: el terreno de la biología evolucionista. Mi principal preocupación es el significado de la selección natural para el razonamiento moral y ético y, en este punto, argumentaré, la sabiduría yanqui es de una veracidad abrumadora: No se puede llegar ahí desde aquí; es preciso empezar en algún otro lugar. Para quienes toman la teoría de Darwin como punto de apoyo, mi tesis se puede resumir por la antigua advertencia de los cartógrafos: «¡Cuidado! Más adelante hay dragones».

Quizá el mejor punto de partida que podemos escoger es lo que Darwin dijo en realidad. En líneas generales, en primer lugar comentaré el modo en que las ideas sobre moralidad de Darwin surgieron a partir de su teoría general de la selección natural. El siguiente paso será mostrar cómo esas ideas de Darwin recibieron la influencia de la filosofía ética del utilitarismo e interactuaron con ella. Después discutiré la llamada “falacia naturalista” –la imposibilidad de inferir valores a partir de hechos– y mostraré cómo esta imposibilidad frustró en sus inicios el romance entre el darwinismo y el utilitarismo. En este punto discutiré la ética de Friedrich Nietzsche, cuyo nihilismo, según algunos eruditos insisten en afirmar, no se puede vincular con las teorías de Darwin, mientras que otros creen que son la conclusión lógica de El origen del hombre. A partir de aquí veremos cómo algunos evolucionistas han intentado evitar las implicaciones nihilistas de la selección natural, adoptando una dicotomía hechos-sentido insostenible que no resiste el más mínimo examen. Finalmente, destacaré el cuestionable estatus de la selección natural como ortodoxia intelectual y el irónico manto de heterodoxia que ahora cubre a todos aquellos que persisten en sostener las antiguas tradiciones.

La teoría de Darwin revisitada

La teoría de Charles Darwin sobre la selección natural se inspiró, principalmente, no en sus observaciones del mundo natural, sino en la teoría de la escasez de Thomas Malthus. Según su Ensayo sobre el principio de la población, publicado en 1798, Malthus afirma que, de no ser porque las guerras, las hambrunas y las enfermedades lo limitan, el crecimiento de la población humana se daría en progresión geométrica hasta el agotamiento de los recursos alimentarios.1 Darwin quedó profundamente impresionado por la tenebrosa premonición de Malthus y consideró que tenía una importancia extensible a todos los organismos. En El origen de las especies escribió: «...todos y cada uno de los seres orgánicos puede decirse que están esforzándose hasta el extremo por aumentar en número». Unas líneas más adelante escribiría: «Disminúyase cualquier obstáculo, mitíguese la destrucción, aunque sea poquísimo, y el número de individuos de la especie crecerá casi instantáneamente hasta llegar a cualquier cantidad».2

El sufrimiento, la destrucción y la muerte se convertían, así, en las herramientas de tría que permitían la supervivencia de los organismos más fuertes y mejor adaptados.

En estas circunstancias, Darwin imaginó que cualquier ventaja que un organismo tuviera sobre otro, por ligera que fuera, sería crítica para su éxito, a la vez que burlaría la persecución de sus enemigos. Creía que el mecanismo mediante el cual surgían las adaptaciones competitivas en la naturaleza, eran las mutaciones aleatorias. El azar en estado puro confería ventajas impredecibles en la descendencia de algunos organismos. Los productos de esa fortuna indiscriminada se conservaban a lo largo de generaciones según la salvaje ley del interés propio en la lucha por los escasos recursos. Mediante la acumulación a lo largo del tiempo de nuevas modificaciones, algunas criaturas evolucionaban y se diversificaban, mientras que los organismos que no conseguían mantener el ritmo en la carrera armamentística mutacional eran aplastados hasta la extinción por sus competidores más hábiles o fieros.

El origen del sentido moral, según se sigue lógicamente, fue sencillamente otra adaptación destinada a asegurar la supervivencia humana; su estatus estaba totalmente relacionado con la función que desempeñaba. En El origen del hombre, publicado en 1871, Darwin expuso claramente este hecho y puso de relieve cómo, mediante las presiones selectivas, las emociones, la sociabilidad, la moralidad y la religión surgieron como subproductos de la necesidad biológica.

Según Darwin, los instintos sociales inducen a los animales a prestarse valiosos servicios mutuamente, desde los babuinos que se asean unos a otros hasta los lobos que cazan en manadas. Por norma, cuanto mayor es la colaboración entre los miembros de una comunidad, mayor es su descendencia. Sin embargo, el grado en que las criaturas pueden llegar a comprometerse en tales actos de altruismo viene estrictamente determinado por su capacidad de comunicación efectiva. En el caso de los seres humanos, las formas de cooperación más elaboradas aparecieron como resultado del desarrollo del lenguaje. A medida que los deseos de la comunidad conseguían ser expresados con mayor precisión, creía Darwin, «la opinión común acerca de cómo debe concurrir cada miembro a favor del bien público será naturalmente la norma principal de las acciones».3

Una vez que se hubieron forjado los primeros eslabones de la cadena de cooperación, las sensaciones de placer generadas por el éxito de la cooperación con el grupo, así como por el contrario el sentimiento de tristeza y dolor causado por el ostracismo y el rechazo, reforzaron los instintos sociales. Darwin escribió: «[L]os individuos que perciben mayor placer en estar reunidos pueden escapar mejor a los peligros, mientras que en los que se cuidan menos de sus compañeros y son más amantes de la vida solitaria, la mortalidad es mucho mayor». De ese modo, las empatías grupales son tan fuertes que el mero hecho de ver el sufrimiento de otra persona puede generar sentimientos de sufrimiento en los que presencian el hecho. Darwin afirma que nos vemos «por consiguiente impelidos a aliviar los ajenos sufrimientos, con el fin de aliviar al propio tiempo el sufrimiento de tristeza engendrado por el espectáculo de desgracia.»4 Por lo tanto, el valor, la honradez y la compasión serían, según Darwin, un desarrollo del instinto y un interés propio cuidadosamente enmascarado.

La ética de Darwin

Sin embargo, el vacío de moralidad que resulta no provocó la desesperación de Darwin y sus colegas. Las críticas a la teoría de la selección natural la acusaban de inspirar una ética elitista según la cual “la fuerza da el derecho”. Sin embargo, esto no se aleja más de la verdad que incluir la cooperación y la empatía entre los elementos causantes del éxito biológico de los seres humanos. Así pues, entre los ideales del liberalismo y las leyes de la evolución no existía contradicción alguna. Muchos partidarios de Darwin creían que si de algún modo podía verse su teoría era como la base científica de un neoigualitarismo radical –circunstancia que no pasó desapercibida para Karl Marx, quien dedicó la edición inglesa de Das Kapital a Charles Darwin, aunque este declinara el honor–.5

Los puntos de vista políticos y éticos de Darwin eran a la vez pragmáticos y optimistas y estaban influidos en gran medida por la filosofía de John Stuart Mill. Ocho años antes de la edición de El origen del hombre, Mill publicó El utilitarismo, su famoso argumento a favor de una ética universal basada en cálculos sobre el bien común. Mill escribió: «El credo que acepta la Utilidad o Principio de la Mayor Felicidad como fundamento de la moral, sostiene que las acciones son justas en la proporción con que tienden a promover la felicidad; e injustas en cuanto tienden a producir lo contrario de la felicidad».6 Ello no significaba que los individuos fuesen libres de satisfacer sus deseos personales con completa despreocupación por los otros miembros de la sociedad, porque la máxima felicidad, por definición, incluía el placer y el dolor de todos los seres humanos e incluso de «toda la creación consciente». Por lo tanto, todo el campo de la investigación ética quedó reducido a una única pregunta: ¿Cuál es la acción que incrementa en mayor grado tanto la cantidad como la calidad de la felicidad total de la raza humana?

Ese tipo de cálculos dejaba claramente abierta la puerta a los actos de heroísmo y abnegación; si bien tales acciones solo se consideraban virtuosas en el caso de que contribuyeran al éxito del grupo. En palabras de Mill, «la moral utilitarista reconoce al ser humano el poder de sacrificar su propio bien por el bien de los otros. Solo rehúsa admitir que el sacrificio sea un bien por sí mismo. Un sacrificio que no aumenta ni tiende a aumentar la suma total de la felicidad, lo considera desperdiciado».7

En términos darwinistas, la “felicidad” es un estado químico o psicológico que la naturaleza ha seleccionado para reforzar un comportamiento biológico de éxito (Robert Wright dice que «las emociones no son otra cosa que los ejecutores de la evolución»).8 La transición de la declaración de hechos sobre la «cantidad total de descendencia» de Darwin al juicio de valor sobre la «suma total de felicidad» de Mill, por lo tanto, se produciría prácticamente sin fisuras. Darwin escribió que, después de la formación de los instintos sociales, «el principio de la mayor felicidad debió convertirse en guía y fin secundario de la mayor importancia».9Esto implica que la moral utilitarista es la única moral válida bajo las leyes de la evolución.

En la Inglaterra de mediados del siglo XIX, la ética utilitarista estaba estrechamente vinculada a la doctrina del progreso. Mill creía que la aplicación amplia de esta filosofía a la sociedad, llevada a cabo mediante presión política y legal, conduciría a la total eliminación de la infelicidad. Mill escribió:

«Los mayores males del mundo son de suyo evitables, y si los asuntos humanos siguen mejorando, quedarán en cerrados al final dentro de estrechos límites. En cuanto a las vicisitudes de la fortuna y demás contrariedades inherentes a las circunstancias del mundo, son principalmente el efecto de dos graves imprudencias: el desarreglo de los deseos y las condiciones sociales malas e imperfectas».10

Por lo tanto, la solución al problema del sufrimiento humano reside en la consecución de estructuras políticas y legales guiadas por la razón. Nada hay inherente en la condición humana que niegue la perfectibilidad extrema de la humanidad.

Para Darwin, la selección natural no se basaba en un destino o propósito determinado. Aun así, predijo, la trayectoria de la evolución llevaría a un orden mundial utópico basado en los mismos principios utilitaristas adoptados por Mill. Escribe:

«A medida que el hombre avanza por la senda de la civilización, y que las tribus pequeñas se reúnen para formar comunidades más numerosas, la simple razón dicta a cada individuo que debe hacer extensivos sus instintos sociales y su simpatía a todos los que componen la misma nación, aunque personalmente no le sean conocidos. Una vez que se llegue a este punto, existe ya solo una barrera artificial que impida a su simpatía extenderse a todos los hombres de todas las naciones y de todas las razas. […] Nuestras simpatías, al hacerse más delicadas y extenderse por mayor esfera, alcanzan, por último, a todos los seres sensibles».11

De este modo, el grado de moralidad transmitido por herencia aumentaría continuamente hasta que los seres humanos llegaran a rechazar «costumbres funestas y vanas supersticiones»; y se tratarían mutuamente de acuerdo con la regla de oro de Cristo, más por causas naturales que por razones espirituales. La prolongada oposición de Darwin a la esclavitud es quizá la mejor ilustración del espíritu humanístico que acabaría por caracterizar la sociedad. Con su declaración no hacía más que apresurar lo inevitable.

Los historiadores de la ciencia discuten frecuentemente la teoría de los orígenes de Darwin como un desafío al relato de la creación del Génesis. Sin embargo, la consideración que se otorga al darwinismo como profecía, como el nuevo Apocalipsis, es, de largo, mucho menor. No obstante, en la economía de la fe la evolución funcionaba no como una conjetura científica sobre el pasado, sino como una reformulación secular de la escatología cristiana tradicional. La naturaleza, «de diente y garra ensangrentada» según las famosas palabras de Alfred Lord Tennyson, al final vendría a redimir a la humanidad con sus actos más íntimos. «Mirando a las generaciones futuras, «no hay motivos para temer que los instintos sociales se debiliten, y podemos esperar que los hábitos de la virtud se robustecerán más y se convertirán quizás en fijos por medio de la herencia. –decía Darwin– En este caso, la lucha entre nuestros impulsos superiores e infe-
riores será menos fuerte y la virtud triunfará».12

La unión

La causa de todos los males de este sueño utópico reside en una única palabra: ‘deber’. A simple vista, la transición desde la declaración de hechos de Darwin al juicio de valor de Mill parece sin fisuras. Solo aparentemente, porque una observación más detenida revela una falacia fatal en el argumento: en un universo puramente darwiniano es imposible hacer juicios de valor. Jamás. Todas las apelaciones a la belleza, al honor, a la justicia, a la compasión o al propósito quedan excluidas por la propia hipótesis, porque no hay ningún modelo por el cual un comportamiento
pueda ser juzgado positiva o negativamente.

A este respecto, los preceptos éticos carecen de significado intrínseco o influencia en la conducta humana, son simples hechos adicionales de la selección natural que deben ser catalogados junto con los espolones fuertes o los dientes afilados. Si algo parece bueno o malo en sí mismo solo es debido a que, por lo general, lo que parece correcto favorece a los seres humanos en su lucha por la supervivencia. Si un rasgo moral dejase de cumplir su función biológica, la moralidad simplemente «evolucionaría» –un eufemismo para decir que las éticas caducas están abocadas a la extinción–. Como alternativa, los individuos pueden conservar un código de conducta moral estéril desde el punto de vista adaptativo, pero se trataría de una mera reliquia de sus ancestros biológicos –un apéndice del alma–.

En su tratado clásico sobre la educación liberal, The Abolition of Man, C. S. Lewis expuso la futilidad de cualquier sistema ético basado en estas premisas. Según dicen los evolucionistas, los valores son máscaras del interés propio y la necesidad biológica. Por lo tanto, nos es preciso aprender a evaluar de manera crítica todas las pretensiones de bondad valiéndonos de la lente de la razón. Sin embargo, Lewis pregunta: ¿Qué sucede con los valores de nuestros educadores? «Su escepticismo al respecto de los valores es superficial y lo ejercen con respecto a los valores de las otras personas. Pero por lo que a su escala de valores se refiere, apenas sí se muestran escépticos».13 Considérense los gemidos de indignación que emitirían los científicos que escriben sobre la soberbia de todo el comportamiento humano si alguien sugiriera que su propia profesión se basa en las normas del limitado interés propio que no tienen nada que ver con la razón. Considérese, sino, la ética utilitarista que tan a menudo invocan los científicos.

Los sociobiólogos declaran que el valor “real” de una conducta aparentemente virtuosa reside en la utilidad de dicha conducta para la comunidad. Un bombero que valientemente se sacrifica para salvar a otros es loado por haber servido al bien común. Decir que la muerte de un individuo servirá al bien de la comunidad, no obstante, es decir, meramente, que la muerte de unas personas es útil para otras. Así las cosas, ¿cuáles son las condiciones que determinan que un individuo deba morir por otros? El rechazo del propio sacrificio no es, sin lugar a dudas, menos racional que el consentimiento.

En sentido estricto, Lewis indicaba que ninguna elección puede ser calificada, en absoluto, de racional o irracional. «Únicamente desde las proposiciones sobre los hechos no se pueden extraer conclusiones prácticas. El conservará la sociedadno puede conducir al hazlo excepto en el caso de que medie el la sociedad debe ser conservada».14 Pero sin la reinstauración de los ideales trascendentes eliminados por la selección natural, ¿de dónde surge la idea de que se debe conservar la sociedad?

La ética darwinista no puede apelar a la bondad intrínseca de la sociedad –ni tan siquiera de la vida– porque entonces virtudes como la justicia y la compasión también serían susceptibles de ser consideradas buenas en ellas mismas, con independencia de su utilidad. El materialismo filosófico –ese portero huraño de la fiesta de la investigación científica– debe impedir el paso a todos los debe que no lleven su tarjeta de presentación.

Al fin y al cabo, nos hemos quedado con una concepción de la moralidad basada no en la razón, sino en el mero hecho de los instintos. Los seres humanos se sacrifican por el bien de la especie, no por algún propósito último, sino por obediencia a sus naturales pasiones. Si podemos exagerar tales pasiones en un grupo determinado mediante la ficción de unos valores, será mucho mejor para el resto. Mientras tanto, para aquellos de nosotros que “sabemos” todos los antiguos tabúes acaban por caer. Puesto que carece de sentido, podremos evitarlo si encontramos a otros que puedan correr con la tarea. Puesto que es instintivo, podemos satisfacer el deseo sexual siempre que no ponga en peligro la especie. Aunque sea útil y práctica, podremos obviar la vida del individuo, o incluso desecharla, siempre que no sirva a los intereses del grupo.

Darwin lo entendió perfectamente. Apesar de que no era inmune al espíritu utópico de su época, también vio que su teoría, de hecho, no dejaba espacio para ningún tipo de moralidad. Solo podía describir las conductas generadas por los instintos o los deseos súbitos. En El origen del hombre escribió: «La imperiosa palabra deber parece que meramente implica la conciencia de la existencia de una regla de conducta, sea cual fuere el origen de donde se derive».15 Con antelación, en El origen de las especies, había elogiado a la reina de las abejas por su «odio instintivo salvaje» hacia sus descendientes fértiles.16 Ahora admitía de forma implícita que no existía ninguna diferencia esencial entre la moral de las abejas y la moral de los seres humanos:

«Así, para usar un ejemplo extremo, si se reprodujeran los hombres precisamente en las mismas condiciones que las abejas, no cabe la menor duda que las abejas trabajadoras, las hembras no casadas, tendrían por deber sagrado matar a sus hermanos, y que las madres procurarían destruir a sus hijas fecundas, sin que nadie pensase en intervenir».17

Al fin y al cabo, las interferencias no harían otra cosa que dificultar la felicidad total de la colmena.

Así, los evolucionistas, al igual que el Gran Inquisidor de Dostoyevski, han tomado sobre sí el pesado yugo de la verdad por mor de la mayor felicidad. Sabedor de que los hechos de la selección natural podrían llegar a erosionar cualquier base para la moral, el preeminente filósofo evolucionista Daniel Dennett sugiere que podríamos llegar a tener que abandonar el ideal de la “sociedad transparente”, las elites deberían permitirque la comunidad entienda mal qué se dice en realidad.18 En uno de sus cuadernos de notas, Darwin expresó un punto de vista similar:

«[La selección natural] no causará ningún perjuicio porque nadie llegará a estar completamente convencido de su veracidad, excepto el hombre que haya reflexionado mucho. Este sabrá que su felicidad reside en hacer el bien y ser perfecto; por lo que no caerá en la tentación, ya que sabe que, haga lo que haga, no es responsable del daño que pueda causar».19

Robert Wright, en The Moral Animal, interpreta que bien pudiera ser que lo que es bueno para un caballero inglés sea dañino para las masas impresionables. Wright continúa declarando de manera desconcertante que el nihilismo es la ética moral dominante en muchos departamentos de filosofía universitarios y que el responsable directo de ello es Darwin.20 Todas las implicaciones filosóficas de la evolución, afirma, han sido un secreto guardado por los científicos durante mucho tiempo. ¿Deberemos estarles agradecidos por haber guardado silencio por mor de la mayoría? La felicidad total, parece ser, requiere el subterfugio intelectual.

De la razón al nihilismo

¿Qué sucede con los que deciden no participar de la felicidad? Aunque Darwin mismo creía que el utilitarismo era la consecuencia lógica de la selección natural, Mill es tan solo un santo patrón más en el panteón de la filosofía evolucionista. Podemos encontrar otra poderosa visión de la moralidad sobre los conceptos evolucionistas en los escritos de Friedrich Nietzsche.

En su obra capital, Más allá del bien y del mal, Nietzsche declaró que el problema de todas las explicaciones previas de la moralidad residía en que consideraban la moralidad misma como un hecho establecido. Aún, lo que la sociedad percibía como malo originalmente era reconocido como bueno. Lo que la ética tradicional –corrompida por las enseñanzas judeocristianas– condenaba como un vicio eran simples atavismos intemporales de ideales antiguos. En el período premoral (que la mente de Nietzsche asociaba vagamente a la Grecia presocrática) el valor de una acción no venía determinado por los motivos del actor, sino por sus consecuencias. El uso de la fuerza, el engaño y la brutalidad no está cargado con ningún estigma, sino que es una mera expresión de la vitalidad humana. De este modo, la «voluntad fuerte» se valió del dominio de la «voluntad débil» para su propia conservación, mientras que todas las energías efectivas eran «voluntad de poderío».

El período moral marcó una inversión del estado de cosas ya que las acciones pasaron a ser juzgadas por los motivos subyacentes más que por sus resultados. Nietzsche atribuye este reajuste de la psicología humana a la religión, en particular al cristianismo. Escribiría: «“Dios en la cruz”. Nunca ni en ningún lugar había existido hasta ese momento una audacia igual en dar la vuelta a las cosas, nunca ni en ningún lugar se había dado algo tan terrible, interrogativo y problemático como esa fórmula, ella prometía una reevaluación de todos los valores antiguos».21

Ante todo, el cristianismo afirma que todos los individuos son iguales y se pone del lado de los sufrientes. Nietzsche pensaba que esta noción –a la que dio el nombre de «moral de esclavos»– era espantosamente insulsa. Escribió: «Hay en el ser humano, como en toda otra especie animal, un excedente de tarados, enfermos, degenerados, decrépitos, dolientes por necesidad». Al tomar partido por los débiles, el cristianismo causó el «empeoramiento de la raza europea […] hasta que acabó formándose una especie empequeñecida, casi ridícula, un animal de rebaño, un ser dócil, enfermizo y mediocre».22

En oposición a la moral de esclavos del cristianismo, que él consideraba emasculada, Nietzsche proponía una ética del «espíritu libre» en la que la élite noble emprendía un camino de concreción de sus propios proyectos de creación de valores y autocontrol. El modelo nietzscheano requería la «dureza del martillo»23 y el rechazo de la piedad por los otros, por considerarla mórbida y contraria a la virilidad:

«Nosotros opinamos que dureza, violencia, esclavitud, peligro en la calle y en los corazones, ocultación, estoicismo, arte de tentador y diablerías de toda especie, que todo lo malvado, terrible, tiránico, todo lo que de animal rapaz y de serpiente hay en el hombre sirve a la elevación de la especie “hombre” tanto como su contrario».24

Los apologetas de Nietzsche sugieren que su filosofía ha sido objeto de malentendidos y distorsiones. Sin duda alguna. Aun así, los defensores de Nietzsche pasan por alto demasiadas cosas: afirmar que sus ideas no fueron perjudiciales es una traición a la realidad histórica.25
Sugerir que la ética de Nietzsche no se apoya en Darwin es igualmente capcioso. Nietzsche pudo haber leído a Darwin y únicamente se mostró condescendiente con el ingenuo darwinismo social que dominaba en su época. El hecho de que la selección natural permitiera que los débiles, cuando se unen en rebaño y actúan colectivamente, sean capaces de vencer al más poderoso le causaba rechazo. Además, se sentía contrariado por las críticas veladas de una teoría que consideraba que era una amenaza para su propio proyecto de crear una nueva “ciencia” del espíritu libre. Nietzsche plasmó de manera implícita estas significativas diferencias de visión en su diatriba “antidarwinista” Der Wille zur Macht(La voluntad de poder).26
Además, el filósofo Hans Jonas destaca que la conexión del nihilismo de Nietzsche con el impacto del darwinismo es demostrable. «La voluntad de poder parecía la única alternativa que quedaba si la esencia original del hombre se evaporaba en la transitoriedad y el capricho del proceso evolutivo.»27 Era, precisamente, la incapacidad de los optimistas caballeros británicos como Spencer y Huxley, para ver que Nietzsche se burlaba de la vieja moral que había muerto realmente y había desaparecido, no de la noción de moral de Darwin que surgía de las múltiples oportunidades y la lucha por la escasez de medios.
Nietzsche protestaba por las «ideas modernas y plebeyas» e insistía en que la voluntad de poder no se podía explicar en términos materiales.28 Por otra parte, su genealogía de la moral se sustentaba sobre dos ideas, ambas validadas científicamente por la teoría de la selección
natural. En primer lugar, toda existencia debe ser entendida en términos de una lucha constante; en segundo lugar, el mundo natural no tiene significado inherente alguno. Dennett escribe: «Si Nietzsche es el padre del existencialismo, quizá Darwin merezca el título de abuelo».29 Sin la visión del mundo de Darwin, Nietzsche apenas habría gozado de crédito intelectual.

Dennett sigue declarando que la selección natural es el «ácido universal». Corroe radicalmente y acaba por destruir cualquier concepto o creencia tradicional que encuentra a su paso, ya sea que verse sobre cosmología, psicología, cultura humana, religión, política o ética. La selección natural nos pone, de hecho, «más allá del bien y del mal», o así insisten muchos de los intérpretes y defensores de Darwin más ampliamente leídos.

El Dios de Gould

Al final, es posible que descubramos que somos capaces de ordenar nuestra vida a pesar –y no a causa– de lo que creemos que es cierto: que la moral es el mayor engaño de la naturaleza. Los evolucionistas son padres amorosos y ciudadanos de orden. El mismo Darwin fue una de las figuras más decentes y humanas de su época. Pero que da por ver si las reservas morales del instinto humano son más fuertes que el nuevo relativismo de valores. Una visión pesimista es que la cultura occidental, impregnada de indiferencia filosófica y científica por el bien y el mal, está consumiendo rápidamente su herencia de valores, el capital espiritual de su herencia judeocristiana.

Resulta irónico que esta última premonición ya no sea meramente material de trabajo para los teólogos. El objetivo declarado de los sociobiólogos es demostrar que todos nuestros ideales más elevados están basados en impulsos puramente pragmáticos destinados a la autoconservación genética. Aun así, algunos científicos son incapaces o no están dispuestos a rectificar y admitir que la vieja moral es cierta. El paleontólogo Stephen Jay Gould es uno de ellos.
Consciente de la imposibilidad de derivar valores a partir de hechos, ha intentado articular una nueva relación entre la ciencia darwinista y las creencias religiosas. Pregunta si acaso no hay manera de que la selección natural y la religión se puedan definir en términos mutuamente respetuosos y beneficiosos.

Gould propone lo que viene en llamar el “principio de magisterios no solapables” o NOMA[del inglés Non Overlapping Magisteria (N. del T.)]. Según este principio, tampoco es una solución limitarse a poner un mojón en la frontera que separa las ciencias biológicas y sociales –al estilo de “está usted entrando en terreno prohibido”– como Gould y otros acostumbran a hacer. Darwin, así lo hemos visto, fue el primero en extender la lógica de su teoría a cuestiones relacionadas con la religión y la moral. No negamos que se hubiera mostrado más reticente que muchos de los evolucionistas contemporáneos suyos; aunque la necesidad y las consecuencias filosóficas no fueron menores. Según declara Mary Midgley, «la teoría de la evolución no es un fragmento inerte de la ciencia teórica; también es, y esto de manera inevitable, una poderosa leyenda sobre los orígenes humanos.» De aquí se deduce que los científicos que «reclaman un cordón sanitario» que mantenga separados los hechos de los valores, los asuntos científicos de los humanos, estén reclamando algo que es «imposible tanto desde el punto de vista psicológico como lógico».31

Aun así, la apertura de Gould a la religión no es una mera disimulación. La lobotomía evolucionista del alma es la muerte de la bondad. Es más, el traicionero beso del materialismo anuncia la muerte de la razón. Si en nada hay un valor, el pensamiento carece de valor. Según Darwin, observa Jonas, tanto la comprensión clásica del hombre como homo animal rationale y la visión bíblica de la humanidad como una creación a la imagen de Dios están bloqueadas. Así pues, la razón queda limitada a ser uno más entre los medios destinados a la supervivencia del individuo:

«Como una mera habilidad formal, una extensión del ingenio animal, no establece directrices, sino que las sigue, y no es un modelo en sí misma, sino que es medida con modelos externos a su jurisdicción. Si existe una “vida de la razón” para el hombre (distinta del mero uso de la razón), solo se puede escoger la no-racionalidad, puesto que todos los fines se escogen no-racionalmente (caso de ser posible su elección). Por lo tanto, la razón carece de jurisdicción aun sobre su propia elección como algo más que un medio. Pero el uso de la razón como un medio es compatible con cualquier fin, independientemente de su irracionalidad. Esta es la implicación nihilista de la pérdida del “ser” del hombre que trasciende el flujo de progreso.»32

Ningún científico puede tolerar por mucho tiempo que se repudie la mente de este modo, por lo que, de alguna manera, los antiguos valores deben regresar subrepticiamente valiéndose de una puerta falsa. Gould se decanta por la puerta falsa de los sentimientos personales y escribe sobre la riqueza del Réquiem de Berlioz y la bondad del béisbol. El emotivo poder de la música y el juego, sugiere, nos basta para sostenernos en nuestro deambular por el desierto factual. Para que no insistamos en la necesidad de una lógica más rigurosa nos desorienta con el uso de una jerga difícil de entender («La ciencia y la religión se interdigitan según modelos de compleja digita-
ción en todos los grados fractales de autosimilitud»).33
Wright, sin embargo, intenta reclamar la moral tradicional mediante su parecido con la razón, diciendo que Cristo y Buda fueron los mayores gurús de la autoayuda. Pero esta búsqueda de la antigua sabiduría es fútil. Los evolucionistas han cortado de raíz la rama de la que se habían colgado. Lewis predijo las contorsiones que la educación debería llegar a hacer para acomodarse al molde materialista.

«Con una especie de horrenda estupidez, eliminamos el órgano y exigimos su función. Formamos hombres sin aliento y esperamos que sean virtuosos y emprendedores; nos burlamos del honor y nos sorprende que en nuestro medio haya traidores; castramos al semental y luego le exigimos
descendencia.»34

Vieja y nueva ortodoxia

¿Qué diremos de las pruebas? Muchos insisten que aquí está el meollo de la cuestión. Quizá nos disgusten las implicaciones filosóficas de la selección natural, pero, con todo, debemos responder por los datos factuales de manera intelectualmente honrada. Así las cosas, ¿qué alternativas nos quedan? Para muchos científicos y educadores no hay otra. La honradez intelectual fuerza la aprobación de la evolución según las directrices de Darwin puesto que las explicaciones materialistas son, por definición, las únicas racionales. Se nos dice que la selección natural quedó validada por individuos que perseguían metódicamente una vía empírica irrefutable. Por lo tanto, la veracidad del darwinismo es evidente en sí misma para cualquiera que haya peregrinado al museo adecuado para contemplar los huesos sagrados.

Por desgracia, este relato del éxito de Darwin, por más que se crea sinceramente o se haya esparcido ampliamente, se basa en una idea capciosa, en concreto, que el materialismo es un sistema de valores neutros para la interpretación de los datos factuales. El examen de los desafíos científicos que se presentan a la selección natural escapa al ámbito de este artículo (y a las capacidades del autor). Aun así, no es preciso ser un experto para detectar cierta palidez enfermiza, un resplandor extraño e insano, en declaraciones como la que el biólogo de Harvard Richard Lewontin expresa sobre la relación que existe entre las pruebas empíricas y la teoría de Darwin: «Nuestra disposición a aceptar las afirmaciones científicas que son contrarias al sentido común es la clave para entender la lucha real entre la ciencia y lo sobrenatural». Y continúa:

«Tomamos partido por la ciencia a pesar de la absurdidad patente de algunas de sus deducciones, a pesar de su fracaso en el cumplimiento de muchas de sus extravagantes promesas de salud y vida, a pesar deque la comunidad científica tolere historias infundadas, porque tenemos un compromiso previo con el materialismo. No es que los métodos y las instituciones de la ciencia nos fuercen de algún modo a aceptar una explicación material del mundo de los fenómenos, sino que, al contrario, nuestra adscripción previa a las causas materiales nos empuja a crear un aparato de investigación y un conjunto de conceptos que generen explicaciones materiales, por más que sean contrarias a la intuición, por más que desorienten a los no iniciados. Además, el materialismo es absoluto porque no podemos permitir que Dios cruce la puerta».35

La inferencia no puede ser más clara. Cuando los evolucionistas nos dicen que aceptemos alguna «historia infundada», a pesar de todas las razones que la contradicen, las pruebas y el sentido común, es claro que ya no están interesados principalmente en descubrir la verdad.

Su mayor objetivo es inculcar a los «no iniciados» el arcano de una ortodoxia religiosa muy específica.36 La palabra que define tal práctica religiosa es ‘fundamentalismo’.

Tomemos, pues, las pruebas empíricas reales en su justo valor. Los homínidos de aspecto humanoide, con un cerebro de escaso volumen existieron, en apariencia, durante tres millones de años. Entonces, ¿cómo se relaciona este hecho con el mecanismo de la selección natural de Darwin, el único que actualmente se admite en el discurso científico? ¿Cuáles son las dimensiones éticas de la teoría de Darwin según se relaciona con el desarrollo humano? ¿Cómo debemos entender la persistente conexión entre el darwinismo y el nihilismo en el campo de la filosofía? ¿Cuáles son las implicaciones sociales y políticas de ver el mundo a través de los ojos de Darwin, a través de la lente del materialismo filosófico? Las representaciones de los libros de texto del “hecho” de la selección natural han sido menos que las predicciones de que tal problema exista. El punto crucial del dilema es, según parece, que o los evolucionistas niegan el hecho de la moral o abandonan el materialismo como el paradigma que explica la naturaleza y los orígenes de la humanidad y muchas otras cuestiones colaterales. Muchos no están dispuestos a tomar una decisión tan valiente y, en su lugar, se limitan a no afrontar los problemas. Con todo, los problemas, como la abundancia de fósiles en la columna geológica, subsisten.

Permítaseme una última palabra sobre el Génesis y el pensamiento mitológico. A lo largo de este artículo he argumentado que la teoría darwinista es un callejón sin salida altamente corrosivo, pero no he dicho casi nada al respecto de cualquier otra vía alternativa o sobre mis propias creencias sobre los orígenes humanos. De hecho, puede haber numerosas respuestas alternativas dignas de ser exploradas, desde la teoría de la ley natural cristiana hasta la metafísica aristotélica. Estoy abierto a cualquier visión que se pueda extraer de todas ellas. Tampoco dudo que el mismo darwinismo puede enseñarnos alguna verdad; la selección podría explicar perfectamente la mayoría de la diversidad biológica. Un no-materialista, indicó G. K. Chesterton, puede admitir sin problemas una gran cantidad de desarrollo natural de acuerdo con las leyes físicas en su visión del mundo –solo el materialista puritano es incapaz de permitir que una mota de sobrenaturalidad manche su máquina impoluta–.

Sin embargo, mi propia herencia y mis estudios me han conducido a una posición que, probablemente, se pueda describir como “creacionista”. Uso la palabra con deliberación, aun a pesar de su desprestigiado pedigrí, no porque yo suscriba el literalismo encorsetado en la lectura de la Biblia, sino porque no puedo encontrar progreso alguno en la dicotomía hechos-sentido presentada por Gould y adoptada por los llamados teólogos del “proceso” tales como Reinhold Niebuhr (de cuya teología Stanley Hauerwas, con un efecto agradable pero devastador en sus últimas consecuencias, remonta los orígenes a Darwin pasando por William James).37 O la historia de la creación bíblica, en contraste con otros mitos de la creación, describe los contornos de un acontecimiento real o es una metáfora falsa, pura palabrería vacía. La historia, lo que ha sucedido en el continuo espacio-tiempo, tiene su importancia. Y tiene importancia no por nuestros pensamientos, sino por nuestros sentimientos, nuestras relaciones, nuestros valores y nuestras acciones.

La posición que defiendo está próxima, creo, a la de J. R. R. Tolkien, un escritor que entendió a la perfección el mito y la metáfora, y desaprobó el dogma del cientificismo como una Verdad descalificada. En una carta a su hijo Christopher escribió:

«Creo que la mayoría de los cristianos, excepto los más inocentes y faltos de educación o aquellos que han sido objeto de algún otro tipo de protección, se han visto mareados hace ya algunas generaciones por los que se erigen a sí mismos como científicos y han arrojado al Génesis dentro del desván de su cerebro como si se tratara de un mueble anticuado, cuya presencia en la casa resulta un tanto vergonzante cuando acuden visitas jóvenes e inteligentes. Me refiero incluso a aquellos que ni siquiera venden nada de segunda mano o lo queman tan pronto como el gusto empieza a burlarse de ellos. […] Por consiguiente, como tú dices, han olvidado (y me cuento entre ellos) la belleza del asunto aun “como una historia”.»38

Tolkien concluye que quizá la edad de la tierra y el preciso orden y la naturaleza de la creación no queden claros en los dos relatos de la creación del Génesis, pero el huerto del Edén y nuestro exilio solo tienen sentido en la medida en que los aceptemos como hechos históricos.



Fuente: SpectrumMagazine.com
Autor: Ron Osborn
Traducción: Daniel Bosch Queralt - Andrews University Seminary Studies - Ed. esp. Vol. 1, núm. 1 (2008): 271-296
Referencias: 1 Ver HEILBRONER R. The Worldly Philosopher: The Lives and Ideas of the Great Economic Thinkers. 7ª ed. New York: Touchstone Books, 1999, pp. 75-105.
2 DARWIN, C. El origen de las especies. A. Zulueta (trad.). Madrid: Alianza, 2003, pp. 122-123. [Consulta: 15 enero 2007]
3 DARWIN, C. El origen del hombre. Madrid: Edaf, 1989, 5ª edición junio 2001, p. 102.
4 Ibíd., p. 108. La cursiva es nuestra.
5 Ver BURROW, J. W. «Prólogo» de DARWIN, C. The Origin of Species.
6 MILL, J. S. On Liberty and Utilitarianism. New York: Bantam, 1993, pp. 144, 150. (El utilitarismo. [En línea]. [Consulta: 15 enero 2007].}
7 Ibíd.
8 WRIGHT, R. The Moral Animal. New York: Vintage (1994), p. 88.
9 DARWIN, C. El origen del hombre, p. 122.
10 MILL, J. S. Utilitarianism, pp. 153-154.
11 DARWIN, C. El origen del hombre, p. 124.
12 Ibíd., pp. 126-127.
13 LEWIS, C. S. The Abolition of Man. New York: Macmillan, 1955, p. 41. Soy consciente de que Lewis no es un literalista bíblico. Aun así, sus contundentes declaraciones al respecto de la idea de la evolución orgánica no debilitan su crítica a lo que varios han llamado “la ortodoxia darwinista”, “la visión científica” o “el naturalismo moderno”. En su ensayo titulado «Is Theology Poetry?» escribió: «Estoy convencido de que al cambiar el punto de vista científico por el teológico he pasado del sueño a la vigilia. La teología cristiana puede ser adecuada para la ciencia, el arte, la moral y las religiones subcristianas. El punto de vista científico no puede adecuarse a ninguno de ellos, ni siquiera a la ciencia misma». Ver LEWIS, C. S. «Is Theology Poetry?». En: They Asked for a Paper. London: Geoffrey Bles, 1962, p. 211.
14 LEWIS, C. S. The Abolition of Man, p. 41. Énfasis en el original.
15 DARWIN, C. El origen del hombre, p. 118. Énfasis en el original.
16 DARWIN, C. El origen de las especies, p. 279.
17 DARWIN, C. El origen del hombre, p. 102.
18 DENNET, D. C. Darwin’s Dangerous Idea: Evolution and the Meanings
of Life. New York: Simon and Schuster, 1995, p. 509.
19 DARWIN, C., citado en WRIGHT, R. The Moral Animal, p. 350.
20 Ibíd., p. 328. Debemos notar que el propósito de Wright no es criticar, sino defender la visión de Darwin y rescatar la sociobilogía de su exilio en los páramos del discurso académico siguiendo las catástrofes gemelas de eugenesias raciales americana y nazi.
21 NIETZSCHE, F. Más allá del bien y del mal. Madrid: Alianza, 1972, p. 73.
22 Ibíd., pp. 88-90.
23 NIETZSCHE, F. The Portable Nietzsche. Walter Kaufmann, W. (trad.).
New York: Viking, 1954, p. 563.
24 NIETZSCHE, F. Más allá del bien y del mal, p. 69.
25 Ver, p. ej., GLOVER, J. Humanity: AMoral History of the Twentieth Century. New Haven (Connecticut): Yale University, 1999, pp. 11-44.
26 MOORE, J. «Nietzsche’s Anti-Darwin», un estudio presentado en la 11ª Asamblea Anual de la Friedrich Nietzsche Society, Emmanuel College, el 8 de septiembre de 2001.
27 JONAS, H. The Phenomenon of Life. Evanston (Illinois): Northwestern University, 1966, p. 47.
28 NIETZSCHE, F. Der Wille zur Macht, citado en MOORE, J. «Nietzsche’s Anti-Darwin».
29 DENNET, D. C. Darwin’s Dangerous Idea, p. 62.
30 GOULD, S. J. Rocks of Ages: Science and Religion in the Fullness of Life. New York: Ballantine, 1999, pp. 4, 6, 9-10.
31 MIDGLEY, M. Evolution as Religion: Strange Hopes and Stranger Fears. London: Routledge, 1992, p. 1, 15-21. No cabe duda de que, en algún sentido, es posible hablar de algunas materias científicas y religiosas
en las que los respectivos campos de actuación se mantienen en el ámbito de «esferas no solapadas». Aun así, la postura de Midgley es consistente. Solo podemos valorar las cosas en el marco de un contexto factual que haga posible la inteligibilidad de nuestra valoración, mientras que solo es posible entender y ordenar los hechos físicos en un marco de valores y creencias. Por tanto, ni los hechos ni los valores pueden ser concebidos como separados radicalmente. Además, la teoría de la evolución según la selección natural, en sí misma, no es un amasijo desordenado de hechos. Es una conjetura histórica mediante la cual los datos factuales se conectan, se ordenan y se valoran. En otras palabras, es una visión del mundo generada desde el lado de la ecuación en que se encuentran “los valores y el sentido”. El NOMAde Gould dice que todos nuestros problemas desaparecerán cuando aprendamos a considerar más de una visión del mundo a la vez. Por desgracia, este remedio no es más que un pobre placebo cuando la cuestión se centra en el conflicto entre las visiones materialistas y no materialistas.
32 JONAS, H. The Phenomenon of Life, p. 47.
33 GOULD, S. J. Rocks of Ages, p. 65.
34 LEWIS, C. S. The Abolition of Man, p. 35.
35 LEWONTIN, R., citado en BUDZISZEWSKI, J. The Revenge of Conscience. Dallas: Spence, 1999, p. 6.
36 En MIDGLEY, M. Evolution as Religion…, p. 33, leemos el comentario no poco vivaz: «La evolución es el mito de la creación de nuestra época».
37 HAUERWAS, S. With the Grain of the Universe: The Church’s Witness and Natural Theology: Being the Gifford Lectures Delivered at the University of St. Andrews in 2001. Grand Rapids (Michigan): Brazos,
2001, pp. 49, 61, 77-78.
38 TOLKIEN, J. R. R. The Letters of J. R. R. Tolkien. Boston: Houghton Mifflin, 1981, p. 109.

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sábado, 23 de enero de 2010

Dios de la Creación / Kidush Hashem


Un hermoso canto que que nos recuerda que Dios,
es el Todopoderoso Creador de todo...
Dios del Universo y mas allá,
Tu eres Santo, Santo.
La creación tus obras cantaran
Tu eres Santo, Santo...


Kidush Hashem es un grupo formado en la Universidad de Montemorelos, con casi 30 años de experiencia formado por jóvenes entusiastas con deseos de alabar a Dios por sobre todas las cosas. Muchos estudiantes de esta universidad han formado parte de este grupo haciendo así de Kidush Hashem una gran familia!

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martes, 29 de diciembre de 2009

¿Juega Dios a los dados? Por Antonio Cruz Suárez

Una de las frases famosas de Einstein dice que, por lo que respecta a la creación del mundo, Dios no juega a los dados. Aunque se refería al elemento aleatorio e impredecible de las leyes de la mecánica cuántica, lo cierto es que el padre de la teoría de la relatividad manifestó siempre su convicción de que existe una mente responsable de la evidente armonía matemática que muestra el universo.

El motor de los acontecimientos del cosmos no es el azar, la casualidad o la autoorganización espontánea, como afirma el naturalismo, sino el diseño realizado por el organizador general. En su apreciación del orden cósmico y de la estética que poseen las leyes naturales, Einstein manifestó además:

Yo deseo saber cómo creó Dios el mundo, no estoy interesado en éste o aquél fenómeno ni en el espectro de un determinado elemento químico. Lo que quiero conocer es Su pensamiento; lo demás es puro detalle. Nicolau, F. 1985, Origen i estructura de l´univers, Catalunya Cristiana, Barcelona, p. 90.

El gran físico de origen judío estaba convencido de que la creación del universo era producto del pensamiento, no del accidente.

Sin embargo, poco después, algunos científicos ateos partidarios del accidente intentaron descubrir cómo el orden habría podido surgir espontáneamente del caos por procesos exclusivamente naturales. Si la segunda ley de la termodinámica impera en el mundo actual, y tal ley determina que cualquier cambio que ocurra en un sistema físico siempre tiene que producir más desorden, ¿cómo es posible que lo complejo haya aparecido a partir de lo simple, el orden a partir del caos o la información a partir de la pura nada?

Lo cierto es que la duda acerca de los orígenes continúa en el seno de la ciencia contemporánea. Como ha señalado Hawking, en su principio de ignorancia, la singularidad inicial es la “incognoscibilidad fundamental”. Nadie sabe nada sobre lo que ocurrió al principio, por eso el tema queda abierto a la especulación.

Lo único en lo que parece haber acuerdo, por parte de los teóricos del naturalismo, es que cualquier cosa que surgiera de tal acontecimiento creativo debía ser caótica y sin información. Es interesante recordar aquí la frase bíblica del Génesis:

“La tierra era un caos total, las tinieblas cubrían el abismo, y el Espíritu de Dios iba y venía sobre la superficie de las aguas”. Génesis 1:2, (Nueva Versión Internacional).

La mayoría de los astrónomos coinciden en creer que el universo primitivo se encontraba en un estado de máximo desorden o de equilibrio termodinámico. La cuestión es, ¿cómo pudo entonces aparecer el orden? Si no se quiere aceptar una acción sobrenatural, ¿qué misteriosos mecanismos naturales debieron actuar para hacer que de la anarquía cuántica aparecieran la coherencia y organización del mundo? ¿Es posible que exista alguna ley todavía por descubrir que desvele este enigma básico del cosmos?

LA TEORÍA DE PRIGOGINE

Han sido numerosos los intentos por resolver desde el naturalismo el problema del origen del orden. Uno de los investigadores que ha realizado mayores esfuerzos en este sentido ha sido el ruso, Ilya Prigogine. Su espíritu enciclopédico –era químico, matemático, filósofo y músico- le llevó a concentrarse en el estudio de la termodinámica del desequilibrio y a proponer como posible solución al dilema de la aparición del orden a partir del caos, el concepto de estructuras disipativas.

Ejemplos simples de tales estructuras serían la llama de una vela, que subsiste quemando materia, o el remolino de agua que se crea en un desagüe cuya espiral turbulenta persiste a pesar de que el líquido fluya. Según Prigogine, en el supuesto origen evolutivo de las complejas moléculas de los seres vivos a partir de la materia inerte, sus estructuras disipativas debieron jugar un papel decisivo. La síntesis primitiva de ácidos nucleicos, proteínas, glúcidos o lípidos tuvo que dependernecesariamente de procesos como éstos, capaces de evitar los inconvenientes de la segunda ley de la termodinámica. Sólo así podría entenderse cómo la biología hunde sus raíces en las propiedades de la materia y cómo los seres vivos han podido aparecer y evolucionar a partir de ella. El secreto estaría, para el físico ruso, en una propiedad inherente a la propia materia que la obligaría de manera inevitable a autoorganizarse y transformarse progresivamente en materia viva. El fenómeno de la vida sería así tan previsible como el estado cristalino o el estado líquido.

¿Qué hay de cierto en las famosas propuestas de Prigogine? Lo primero que cabe señalar es que la teoría de las estructuras disipativas se divulgó pronto y tuvo más éxito entre la gente común que entre sus propios colegas. A mediados de los ochenta del pasado siglo XX, Prigogine fue comparado con el mismísimo Newton y se llegó a pronosticar que la ciencia del futuro sería por completo prigoginiana.

Sin embargo, los científicos especializados en el estudio del caos que conocían bien su obra no compartían esa misma opinión. El hecho de que dos cosas se parezcan no implica necesariamente que exista una relación entre ellas. Estas observaciones ponen de manifiesto que la propuesta de Prigogine no es en absoluto demostrable ni, mucho menos, definitiva. El que una llama arda al quemar cera o que los remolinos mantengan su turbulencia con el paso del líquido, nada dice acerca del origen de la vida. Se sigue necesitando mucha fe para creer que los procesos físicos y químicos, sus famosas estructuras disipativas, permitieron cruzar el umbral entre la materia inorgánica y los organismos vivos sin la ayuda de ningún agente inteligente. Del hecho de que el comportamiento del fuego se parezca en cierta medida al de las células vivas cuando consumen alimento, no puede deducirse necesariamente que la explicación de por qué arde el fuego sirva también para responder a cómo aparecieron los animales y las plantas sobre este planeta.

A nuestro modo de ver, éste es el principal error de Prigogine y de tantos otros estudiosos de la caoplejidad, el de confundir el “orden” propio de la materia inorgánica, con la “información” que poseen los seres vivos. Las estructuras disipativas podrían explicar como mucho el orden, pero nunca el origen de la información. Y si las propiedades de la materia resultan incapaces para dar razón de la elevada información que poseen los organismos, entonces ¿qué o quién puede hacerlo? Hay que concluir que toda información ingeniosa debe provenir siempre de un agente inteligente.

UN INFORMADOR CÓSMICO

Hasta ahora, todos los intentos naturalistas por explicar el origen de la información a partir del caos, o de la materia inerte, han fracasado estrepitosamente . Después de cincuenta años de electrocutar hipotéticas sopas primitivas, al estilo de los famosos experimentos de Urey y Miller, con el fin de obtener compuestos vitales, lo cierto es que no se ha conseguido ni la más insignificante proteína necesaria para la vida. ¡Cuánto menos una célula viviente!

Será que en el estudio del caos no se descubre nada interesante porque realmente no hay nada que descubrir. Hoy por hoy, no existe ningún indicio verdadero de que la complejidad y elevada información de los organismos vivos haya podido aparecer por medios naturales a partir del desorden o de la materia inerte. Las investigaciones acerca del origen prebiótico de la vida a partir de la materia y ésta del caos, constituyen uno de los campos más estériles que existen en ciencia.

Ello conduce a pensar, una vez más, que la información del universo requiere la existencia de un informador cósmico, lo mismo que el orden apela a un ordenador supremo. La naturaleza muestra cálculo, previsión y diseño. Dios parece jugar a los dados, pero lo hace con dados trucados.





Fuente: Creacionismo.net
Autor: Antonio Cruz Suárez. (España, 1952-) científico y teólogo protestante. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Barcelona el 17 de Marzo de 1979 y Doctor en Biología por la misma Universidad de Barcelona el 10 de julio de 1990. Ha sido Catedrático de Biología y Jefe del Seminario de Ciencias Experimentales del Instituto Investigador «Blanxart» en Barcelona; Biólogo investigador del «Centro de Recursos de Biodiversidad Animal» del Departamento de Biología Animal de la «Universidad de Barcelona.»; Miembro del Tribunal de Oposiciones al Cuerpo de Profesores y miembro distinguido de la «Asociación Española de Entomología», de la «Institució Catalana d´Història Natural» y de la «Société Française d’Historia Naturelle». Ha trabajado en diversas investigaciones zoológicas y descubierto numerosas especies de crustáceos isópodos. Sus principales obras: La ciencia, ¿encuentra a Dios?; Una desmitificación de la Sociología; Una propuesta para el tercer milenio; Parábolas de Jesús en el mundo postmoderno; La ciencia: ¿encuentra a Dios?; El cristiano en la aldea global; Bioética cristiana, Darwin no mató a Dios, y Postmodernidad.

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lunes, 23 de noviembre de 2009

Cuatro Palabras Elegantes. Por Roy Adams

Considera este caso hipotético: te vas porque te tomas dos semanas de vacaciones, y te llevas las llaves de tu casa contigo. Cuando vuelves encuentras las puertas con llave–tal cual las dejaste; pero en el interior descubres la mesa del comedor servida con abundante comida recién cocida.

Cuando te recuperas del shock, tu mente se acelera formulando teorías sobre qué habría pasado. Sin embargo sospecho que entre esas teorías nunca encontraríamos la idea de que la mesa servida y el aroma de la comida caliente simplemente aparecieron por azar o por accidente o por desarrollo “natural” a través del tiempo –aún si fuese que tu vacación haya durando 50 millones de años, en lugar de dos semanas.

Sin embargo, aquí estamos, frente a un universo vasto y extremadamente complejo, infinitamente más sorprendente que una mesa servida misteriosamente en una casa cerrada con llave. Y no es asombroso que son aquéllos que se atreven a pensar que la inteligencia tuvo que haber estado involucrada, hoy tengan que encontrarse a la defensiva?

Este año es el 200 aniversario del nacimiento de Charles Darwin y el 150 aniversario de la publicación de su libro histórico, El Origen de las Especies, y hemos sido abrumados por la cobertura en la prensa, y con más de 11.000 clérigos cristianos de los Estados Unidos uniéndose en la celebración. El último mes de diciembre, el Adventist Review, publicó un artículo principal sobre el desafío de la evolución (véase el especial de la tapa, del 11 de diciembre); y ahora, en un intento de responder en este turbulento debate, este número presenta un conjunto de tres artículos (de tapa) sobre la creación, la evolución y temas relacionados (ver páginas 18-25).

El verano del 2008 experimento un mundo de los medios llenos de noticias sobre algo llamado “el bosón de Higgs” (una expresión que muchos de nosotros oíamos por primera vez). Como lo explicó un artículo online de la revista Time, por muchos siglos los científicos han estado en la búsqueda de “una partícula particular responsable de impartirle masa a todas las cosas –un pedacito tan preciado que ha llegado a conocerse como ‘la partícula de Dios’” (ver www.time.com). Encontrarla equivaldría a descubrir un agente unificador que mantiene todo unido–en otras palabras, lo que hace que el universo funciones. Sería como descubrir lo que algunos han llamado “una teoría de todo”.

Por más de cuatro décadas –desde 1964– esa búsqueda ha sido la pasión del científico británico Peter Higgs, tanto como para que esta partícula tan escurridiza llegara a llevar su nombre –el “bosón de Higgs”. Para encontrar esta partícula, los físicos ensamblaron en el laboratorio de CERN en Ginebra, Suiza, “el más poderoso acelerador de partículas jamás construido: el Gran Colisionador de Hadrones (LHC).... un circuito subterráneo de 26 kilómetros que llevó 25 años de planeamiento y U$6 billones para construir”(Ibid.). El propósito es descubrir que ocurre cuando las partículas chocan a velocidades fantásticamente altas. El tremendo experimento habría de investigar un fenómeno elementalmente tan radical que (como algunos lectores recordarán) produjo temores sobre el fin del mundo.

Confieso que la palabra “bosón” era tan nueva para mí que al principio ni siquiera la podía escuchar. Busqué su significado y encontré, entre otras, la siguiente definición: “Cualquiera de una clase de partículas... que tiene una rotación cero o integral y obedece reglas estadísticas que hace posible que un número de partículas idénticas ocupen el mismo estado cuántico” (www.answers.com).

¿Blablabla? Para la mayoría de nosotros sí. Pero lo que noté es cómo esta definición provee reconocimiento indirecto de la complejidad matemática de la materia básica del universo–y como la trascendencia de encontrar una mesa servida con comida fresca en una casa cerrada con llave empalidece en la comparación. Te quita el aliento contemplar la creación deslumbrante de Dios.

Todo este proyecto del bosón, también nos muestra cuán difícil es funcionar sin una hipótesis de Dios o algo equivalente a esto; y cuán lejos muchos están dispuestos a ir para descubrir (y a lo mejor controlar) esta cosa tan elemental, esta “partícula Divina”. Que en gran parte explica, por qué estamos tan horriblemente temerosos de afrontar las implicancias de aquellas cuatro palabras elegantes con la cuales comienza la Biblia: “En el principio Dios....”


Fuente: Adventist Review / 26.03.2009, p. 6
Autor: Roy Adams es el redactor de asociado
 Adventist World. Ha sido editor asociado de la Adventist Review desde 1988. Anteriormente, Adams servido a la Iglesia Adventista en los EE.UU. y Filipinas. Obtuvo un ThD en la Andrews University. Es autor de varios libros incluyendo El Santuario (The Sanctuary, Review and Herald, 1994) y La naturaleza de Cristo (The Nature of Christ, Review and Herald, 1994).
Traducción: Instituto de Investigaciones en Geociencia / Universidad Adventista del Plata
Fotografía: Higgs boson simulation, Cern (Mette Høst)

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