martes, 29 de septiembre de 2009

Humanos: imágenes de Dios o monos desarrollados. Por Dr. Jonathan Sarfati

Los humanos son muy diferentes de los animales, especialmente cuando se trata del lenguaje y el razonamiento. En la página 83 de Teaching about Evolution and the Nature of Science (Enseñando sobre la evolución y la naturaleza de la ciencia) se destacan unas cuantas diferencias entre los humanos y los monos. Pero Teaching about Evolution adoctrina a los lectores con la idea de que los humanos han descendido de una simple célula por medio de ancestros similares a los monos. Los argumentos utilizados en el ensayo giran en torno a supuestos hombres-mono y al ADN.

Hombres-mono fosilizados

El fósil de hombre-mono más conocido es el extinto australopithecus (‘mono del sur’). En la página 20 de Teaching about Evolution se ilustra una serie de calaveras: Australopithecus afarensis (‘Lucy’), A. africanus, Homo ancestral, Homo erectus, y Homo sapiens (hombre actual). Pero muchos evolucionistas no están de acuerdo con este panorama.

Por ejemplo, Donald Johanson, el descubridor de “Lucy”, pone a A. africanus en una rama lateral que no conduce al hombre. El anatomista Charles Oxnard hizo un análisis detallado de diferentes huesos del A. africanus y concluyó que este no caminaba derecho como el hombre, que presentaba más diferencias con los humanos y los chimpancés que entre éstos dos últimos. Más recientemente Oxnard hizo los siguientes comentarios sobre los australopitecinos, incluyendo “Lucy”:

Actualmente es ampliamente reconocido que los australopitecinos no son estructuralmente cercanos a los humanos, que han tenido que vivir, en parte, en ambientes arbóreos, y que muchos de los especímenes fueron contemporáneos o casi contemporáneos con los miembros más antiguos de los Homo.

Oxnard, un evolucionista, es uno de entre varios expertos que no creen que ninguno de los australopitecinos perteneció a la línea humana.

Los humanos siempre han sido humanos

En su libro Bones of Contention (Huesos de discordia) Marvin Lubenow dice también que los varios supuestos hombres-mono no forman una secuencia fluida en sus “edades” de evolución, sino que se superponen considerablemente. Marvin también apunta que los varios restos encontrados son, o una variedad de verdaderos humanos (Neandertales, Homo erectus), o no-humanos, como los australopitecinos; lo que probablemente incluye también los Homo habilis. Hay varias evidencias que apoyan esto: ·

- El análisis mitocondrial de un esqueleto neandertal demostró que la secuencia se diferenciaba de los hombres modernos entre 22 y 36 sitios, mientras que la diferencia entre hombres modernos es de 1 a 24. Aunque existen algunos argumentos estadísticos inválidos de que esto hace al neandertal una especie separada, las diferencias se encuentran dentro de los parámetros de los humanos modernos. Por otra parte, el ADN se descompone rápidamente por el agua y el oxigeno, por lo que en condiciones favorables este puede durar como mucho decenas de miles de años. Esto levanta serias dudas sobre los 100,000 años de “edad” que algunos científicos han asignado a este esqueleto.

- El análisis de rayos x de canales semicirculares de algunos esqueletos de hombres-mono demostró que los canales del Homo erectus eran como los de los humanos modernos, de lo que se deduce que caminaban derechos. Pero los de los A. africanus y A. robustus eran como los de los grandes monos. Esto demuestra que no caminaban derechos como los humanos, sino que probablemente vivían en los arboles. El Homo habilis demostró ser todavía menos bípedo que los australopitecinos.

¿Similitudes entre los monos y los humanos?

Teaching about evolution enfatiza las similitudes físicas, y especialmente genéticas, entre los humanos y otros organismos vivos; esto se supone que es una evidencia para la evolución. Pero, otra vez, esto no es una evidencia directa, sino una interpretación de los datos.

La mano de un Diseñador es otra interpretación razonable de los mismos datos. Un arquitecto utiliza normalmente el mismo tipo de material de construcción para diferentes edificios, y un constructor de coches normalmente utiliza las mismas partes para diferentes coches. Por lo que no deberíamos sorprendernos si un Diseñador utilizara para la vida la misma bioquímica y estructuras en muchas criaturas diferentes. Por otro lado si todos los organismos vivos fueran totalmente diferentes, podría parecer que existen muchos diseñadores diferentes en vez de uno.

Lo bueno de que haya una bioquímica común es que podemos nutrirnos de otras cosas vivas. Nuestro sistema digestivo puede dividir la comida por componentes, que son después usados como combustible o para construir nuestros propios componentes.

Como el ADN contiene la codificación para estructuras y moléculas bioquímicas, sería lógico pensar que criaturas semejantes tengan el ADN similar. Los monos y los humanos son mamíferos, con formas parecidas, por lo que tienen el ADN similar. Es lógico que los humanos tengan más similitudes genéticas con otros mamíferos que con los reptiles. Los humanos son muy diferentes a la levadura pero tienen algunas características bioquímicas en común, por lo que los humanos y la levadura serán solo un poco similares.

Entonces el patrón general de similitudes no tiene por qué ser explicado a partir de la evolución desde un ancestro común. Además, hay algunas misteriosas anomalías: los evolucionistas creen que algunas similitudes entre organismos no están estrechamente relacionadas. Por ejemplo, la hemoglobina, esa molécula compleja que lleva oxígeno en la sangre y le aporta su color rojo, se encuentra en los vertebrados. Pero también se encuentra en algunos gusanos de tierra, pez estrella, crustáceos, moluscos, e incluso en algunas bacterias. La hemoglobina de los cocodrilos tiene más en común con la de las gallinas (17,5 por ciento) que con la de las víboras (5,6 por ciento), su compañero reptil. Una proteína receptora de antígenos tiene la misma estructura inusual en camellos y tiburones nodriza; pero esto no puede ser explicado por un ancestro común de tiburones y camellos.

Muchas veces se exageran las similitudes entre el ADN de los humanos y los monos. El siguiente porcentaje no es resultado de una comparación directa de las secuencias: un examen original dio como resultado un 97 por ciento de similitud entre el ADN del humano y el del mono, utilizando una técnica bastante rudimentaria llamada Hibridación de ADN. En esta técnica unas tiras únicas de ADN humano se combinaron con ADN de chimpancé y otros simios. Pero hay otros aspectos a parte de la similitud que afectan al grado de hibridación.

De hecho, aunque le demos ese grado de hibridación, hay puntos débiles. Cuando se aplican estadísticas adecuadas a los datos, estos enseñan que los humanos y los monos solo coinciden en un 96 por ciento. Sin embargo, por lo visto con mucha frecuencia este grado de similitud aumenta a medida que corre la voz.

Un aspecto que muchas veces se pasa por alto son las grandes diferencias que hay entre los diferentes tipos de criaturas. Cada criatura posee una ingente cantidad de información, por lo que una pequeña diferencia en el porcentaje común requerirá gran cantidad de información para cambiar de una clase a otra. Como los humanos tenemos una información equivalente a 1.000 libros de 500 páginas, una diferencia del 4 por ciento equivaldría a 40 libros (suponiendo, nuevamente, que los datos de hibridación realmente correspondan con la similitud de la secuencia genética).

Por lo tanto, la mutación aleatoria junto a la selección natural deberían generar una información equivalente a 12 millones de palabras ordenadas en una secuencia correcta. Esto es imposible, aunque demos los 10 millones de años de margen que postulan los evolucionistas. Cálculos de población genética nos enseñan que animales con un tiempo generacional similar al de los humanos (20 años) podrían substituir no más de 1.700 mutaciones en ese tiempo.

¿Similitudes embriológicas?
Teaching about Evolution dice en la página 1:

“Mientras los organismos cambian de óvulos fertilizados a embriones, van pasando a través de muchas etapas de desarrollo similares.”

Teaching about Evolution no contiene ilustraciones de embriones, pero muchos libros sobre la evolución nos muestran dibujos de embriones de diferentes animales con formas muy similares. Estos se basan en el diagrama de 1874 hecho por Ernst Haeckel, el representante de Darwin en Alemania, cuyas ideas influyeron en el auge del nazismo. Pero en 1997 un estudio detallado hecho por Mike Richardson y su equipo demostró que los embriones de diferentes tipos tienen formas muy distintas.

Así, la única manera para que Haeckel los hubiera dibujado tan similares es haciendo trampas. El estudio realizado por Richardson fue publicado ampliamente en muchas revistas de ciencia y medios seculares, por lo que ningún libro publicado a partir de 1998 puede poner como excusa el estar desinformado sobre el hecho que las similitudes embriológicas se basan en un fraude.

Más tarde Richardson y su equipo confirmaron en una carta a Science que todavía creen en la evolución, y que los errores existentes no cambian sus ideas. Pero esto contradice la afirmación del típico libro darwinista de que existen similitudes embriológicas, como vemos en los dibujos de Haeckel. Si la teoría evolutiva predice las similitudes de los embriones, pero también las diferencias, entonces no predice nada. Según la carta de Richardson los evolucionistas afirman que él realmente cree que Haeckel ‘básicamente tenía razón’. Pero Richardson confirmó en una carta posterior a Science:

Lo fundamental del argumento científico sigue sin cambiar: Los dibujos de Haeckel de 1874 son sustancialmente fabricados. Para apoyar esta opinión resalto que la ilustración del “pez” más antiguo está hecha de pedazos y trozos de diferentes animales—algunos de ellos mitológicos. No es irrazonable caracterizar esto como ‘falsificación’... Tristemente, estos dibujos falsos de 1874 aún se utilizan en numerosos libros británicos y estadounidenses de hoy en día.

La Eva mitocondrial
Teaching about Evolution dice en la página 19:

“A partir de nuevas evidencias —basadas en la organización del ADN de una parte de las células humanas llamadas mitocondrias— se piensa que una pequeña población de humanos actuales evolucionó en África hace unos 150.000 años y se esparció por el mundo, reemplazando a las poblaciones arcaicas de Homo Sapiens.”

Esta afirmación se establece comparando el ADN desde las mitocondrias, las cuales se heredan únicamente de la madre. Las similitudes indican que todos los seres humanos de la tierra descienden únicamente de una mujer, que curiosamente han llamado ‘Eva mitocondrial’.

Mientras esto es consistente con el relato bíblico, deberíamos resaltar que no es una prueba. Los evolucionistas sostienen que la ‘Eva mitocondrial’ fue solo una de tantas. La línea mitocondrial de las otras habría desaparecido al haber solo machos en alguna de las generaciones.

Los evolucionistas creían que tenían claras evidencias contra el relato bíblico, ya que la ‘Eva mitocondrial’ en teoría vivió hace 200.000 años. Pero nuevas evidencias demuestran que el ADN mitocondrial muta mucho más rápido de lo que se creía. Si esta nueva evidencia se aplica a la ‘Eva mitocondrial’, ésta nos daría una antigüedad de sólo 6.000-6.500 años. Esto es perfectamente consistente con la edad bíblica de ‘la madre de todos los vivientes’ (Gen. 3:20), pero un enigma para los que creen en la evolución.

Interesantemente acontece algo parecido con los hombres: investigaciones del cromosoma Y demuestran que todas las personas son descendientes de un solo hombre. Los datos también confirman una fecha reciente para este ‘cromosoma de Adán’.

Conclusión

El objetivo de Teaching about Evolution es adoctrinar a los estudiantes en la creencia de que sólo son animales evolucionados y, al fin y al cabo, nada más que materia reordenada fortuitamente. Un redactor de Scientific American escribió este inspirador comentario:

“Sí, todos somos animales, descendientes de una larga línea de duplicadores surgidos de una sucia laguna primordial.”

Esto conduce a este clarificador dialogo entre dos evolucionistas. Lanier es informático; Dawkins es profesor en Oxford y un ferviente Darwinista y ateo: Jaron Lanier:

“Hay una gran cantidad de personas que simplemente se sienten incómodos al aceptar la evolución porque esto lleva a lo que ellos creen un vacío moral, en el cual sus mejores estímulos no tienen base alguna en la naturaleza”.

Richard Dawkins: “Es duro. Es todo lo que puedo decir al respecto. Pero hay que aceptar la verdad”.


Fuente: Creacionismo.net
Autor: Jonathan Sarfati, Sc. (Hons) en Química y el doctorado (Química Física) de la Universidad Victoria de Wellington, Nueva Zelanda. Es co-autor de trabajos en las principales revistas científicas entre ellos uno sobre los superconductores de alta temperatura publicado en Nature, cuando tenía 22 años de edad. Co-fundador de la Wellington Christian Apologetics Society (New Zealand) Su primer libro "Refuting Evolution" (Refutando la evolución) para hacer frente a una guía de los profesores de la Academia Nacional de Ciencias (EE.UU.), la enseñanza acerca de la evolución y la naturaleza de la ciencia. Trabaja a tiempo completo para la creación de Creation Ministries International, Brisbane, Australia, donde es co-editor de la revista de "Creation" y también escribe artículos y reseñas en "Journal of Creation" (antes TJ), así como activo ministerio de predicación.

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viernes, 11 de septiembre de 2009

Pero... "¡el Génesis no es un libro de ciencia!" Por Jonathan Sarfati


¿Cuántas veces ha escuchado esto?

Mi respuesta breve favorita es: “Gracias a Dios que no lo es. Los libros de ciencia siempre tienen errores y se vuelven obsoletos en pocos años. La Biblia no tiene errores y es siempre actual”

Historia versus ciencia

En realidad, el Génesis trata más de historia que de ciencia (no obstante toca aspectos relevantes para la antropología, la biología la geología, etc). La ciencia (operativa) normal, que coloca hombres en la Luna y cura enfermedades, está basada en observaciones repetibles en el presente . El Génesis pretende ser el relato de un testigo ocular acerca del pasado , el cual no se puede repetir. En particular, el Génesis es un relato sobre la historia mundial, desde la creación hasta el comienzo del pueblo Mesiánico, Israel.

Alguien podría decir, “Pero… el Génesis tampoco es un libro de historia – fue escrito para gente sencilla que no habrían entendido las largas eras geológicas o la evolución”. Pero, como hemos demostrado en ‘El Génesis de acuerdo a la evolución’ ( Creation , Vol. 26, No 4, págs. 50-51) hay numerosas formas de comunicar esa supuesta ‘verdad’ en lenguaje sencillo, si esa hubiera sido la intención de Dios .

El Génesis y la ciencia

Los historiadores de la ciencia están de acuerdo en que la ciencia moderna floreció en realidad en la Europa Cristianizada, cuando en otras culturas todavía no se desarrollaba. ¿Sorprendido? ¡No debiera estarlo! La ciencia requiere que nuestros pensamientos sean racionales, que el universo esté ordenado, que el hombre pueda investigar el mundo, y que los resultados sean reportados honestamente. La Biblia explica que: estamos hechos a la imagen de un Dios racional (Génesis 1:26-27), que Dios es un Dios de orden y no de confusión (I Corintios 14:33). Dios le dio al hombre el dominio sobre la creación (Génesis 1:28) y Él ordenó honestidad (Éxodo 20:16). Pero si la evolución fuera cierta, no habría base lógica para todo esto.

Es por eso que casi cada número de la revista Creación, tiene artículos dando a conocer a científicos creyentes en la Biblia. Esta vez presentamos un sobresaliente científico en satélites (misma revista, págs. 18-23) y a uno de los pioneros de las imágenes por R. M., Resonancia Magnética, (págs. 40-42).Este último muestra también la discriminación que hoy en día existe contra los científicos creacionistas, a menudo acusados de no ser “verdaderos científicos”.

Afortunadamente estos discriminadores no existían en la época de Newton, Faraday o Pasteur, ¡para nombrar sólo unos pocos de los grandes creacionistas fundadores de la ciencia moderna!

¿Sólo acerca de fe y moral?

“Pero… la Biblia es un libro acerca de la fe y la moral –eso es lo importante”.

Sin embargo, la doctrina y la moral de la Biblia no pueden ser separadas de sus aspectos científico/históricos. Sin la Resurrección de Jesús, no habría Cristianismo –y es un hecho histórico que Jesús abandonó la tumba al tercer día, y se apareció luego a 500 personas en una ocasión (I Corintios 15:-6). Pero esto también entra en colisión con la ciencia -la ciencia naturalista afirma que es imposible que los muertos resuciten.

Además, el significado de la ‘muerte y resurrección de Jesús’, depende por completo de la realidad histórica del capítulo 3 del Génesis. Esto es, un verdadero primer hombre, Adán, realmente pecó e introdujo la muerte física. Por lo tanto, el Último Adán, Jesús, verdaderamente murió por nuestros pecados y realmente por Él, vino la resurrección física de la muerte. (1 Corintios 15:1-4, 21-22, 45)

¿Qué diremos del matrimonio? Ésta sí que es una enseñanza moral, si es que alguna vez hubo una. Y sin embargo, cuando Jesús respondió sobre el tema, Él citó Génesis 1:27 y 2:24 como historia real, no como alegoría (Mateo 19:3-9: Marcos10:6-9). Además, Jesús dijo que la primera pareja humana estaba allí ‘desde el principio de la creación’, y no miles de millones de años después. Este es un problema mayúsculo para los cristianos que han reinterpretado la Biblia para que encaje con la “Gran Explosión” (Ver “‘La Gran Explosión’ no puede explicarlo” en la página 7 de la revista 26, para conocer los problemas científicos que harían que estos cristianos ¡tengan que reinterpretar sus reinterpretaciones!)

Incluso los Diez Mandamientos, que son obviamente acerca de moral, no tienen sentido sin la historia. El cuarto mandamiento, acerca del día de descanso, está completamente basado en la historia de la Semana de la Creación, ‘Seis días trabajarás y harás tu tarea porque en seis días el Señor hizo los cielos y la tierra, el mar y todo lo que está en ellos y descansó el séptimo día’ (Éxodo 20:9-11).

Jesús le preguntó a Nicodemo: ‘Si hablando de cosas terrenas, de cosas terrenas no creéis, ¿cómo creeríais si os hablase de cosas celestiales? (Juan 3:12). De manera que si no podemos confiar en la Biblia acerca de cosas terrenales (tales como el tiempo de la creación), ¿por qué deberíamos confiar en ella acerca de cosas celestiales (fe y moral)?

¿De qué se trata en última instancia?: de la autoridad

¿Alguna vez les han preguntado por qué le dan tanta importancia al significado del Génesis, y no dedican el mismo tiempo a discutir acerca del bautismo, del día de descanso semanal, de la predestinación versus el libre albedrío, de los últimos tiempos, sobre si los dones carismáticos son apropiados hoy, o de las formas de gobierno de la iglesia?

Esta es la diferencia: todos estos debates presuponen que la Biblia es la autoridad y discuten sobre lo que significa. El debate acerca de la creación estriba en si la autoridad sobre lo que sucedió en el pasado de la Tierra pertenece a la Biblia, ó a la ciencia ‘moderna’.

Pero la Biblia es el testimonio ocular del Hacedor que estaba allí, que lo conoce todo y que nunca se equivoca. Jesús aceptó que la Escritura no puede fallar (Juan 10:35). Pero los científicos no estaban allí (Job 38:4), no saben nada y cometen errores.

Esto demuestra la insensatez de exigirles a los creacionistas que ‘dejen la Biblia afuera’. De la misma manera que ‘el que calla otorga’, aceptar el ‘dejar la Biblia afuera’ es ‘responder a un tonto acorde a su tontería’. Aceptándolo, efectivamente abandona las pretensiones de que la Biblia es la verdad, concediendo la derrota. Confirma al no creyente en su inicua opinión de que el hombre es el árbitro final de la verdad y coloca a Dios en tela de juicio. ¿Qué cristiano querría a sabiendas aceptar algo así?


Fuente: InvestigacionesCreacionistas.com
Autor: Jonathan Sarfati, .Sc. (Hons) en Química y el doctorado (Química Física) de la Universidad Victoria de Wellington, Nueva Zelanda. Es co-autor de trabajos en las principales revistas científicas entre ellos uno sobre los superconductores de alta temperatura publicado en Nature, cuando tenía 22 años de edad. Co-fundador de la Wellington Christian Apologetics Society (New Zealand) Su primer libro "Refuting Evolution" (Refutand la evolución) para hacer frente a una guía de los profesores de la Academia Nacional de Ciencias (EE.UU.), la enseñanza acerca de la evolución y la naturaleza de la ciencia. Trabaja a tiempo completo para la creación de Creation Ministries International, Brisbane, Australia, donde es co-editor de la revista de "Creation" y también escribe artículos y reseñas en "Journal of Creation" (antes TJ), así como activo ministerio de predicación.
Traducción: Raúl Leguizamon

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viernes, 21 de agosto de 2009

Diseño inteligente, ¿apariencia o realidad? Por Antonio Cruz Suárez

La biología experimentó durante el pasado siglo XX tres grandes revoluciones. La primera fue la revolución darwiniana, que introdujo en la ciencia la creencia del origen único de todos los seres vivientes, incluido el propio hombre. Se empezó a aceptar que la complejidad y el aparente diseño de todo lo vivo se debía sólo a las leyes de la evolución que actuaron al azar sobre la materia simple y desordenada. La segunda revolución vino provocada por el descubrimiento del ADN como molécula poseedora de la información genética de los organismos. Y la tercera, que en mi opinión se opone a la primera, es la revolución que supone el descubrimiento de la universalidad del diseño genético de los animales.

Hoy se ha hecho evidente que todos los habitantes de este planeta presentan un plan original escrito en sus genes, minuciosamente concebido para que sean como son y puedan sobrevivir en el medio que lo hacen o adaptarse a otro, si es que las condiciones lo requieren. Frente al azar propuesto por la primera revolución, se alza el diseño que viene de la mano de la tercera.

Uno de los pensadores que desarrollaron el argumento acerca del diseño inteligente que evidencia la naturaleza, fue el teólogo protestante y filósofo inglés del siglo XVIII, William Paley (1743-1805) en su Teología natural.

En el párrafo inicial de dicha obra escribió las siguientes palabras: “Supongamos que, al cruzar un brezal, mi pie tropezara con una piedra, y me preguntaran cómo llegó la piedra a estar allí; yo podría responder que, según mis conocimientos, la piedra pudo haber estado allí desde siempre; y quizá no fuera muy fácil demostrar lo absurdo de dicha respuesta. Pero supongamos que encontrara un reloj en el suelo, y me preguntaran cómo apareció el reloj en ese lugar; ni se me ocurriría la respuesta que había dado antes, y no diría que el reloj pudo haber estado ahí desde siempre. ¿Pero por qué esta respuesta no serviría para el reloj como para la piedra, por qué no es admisible en el segundo caso como en el primero? Pues por lo siguiente: cuando inspeccionamos el reloj, percibimos algo que no podemos descubrir en la piedra, que sus diversas partes están enmarcadas y unidas con un propósito, es decir, que fueron formadas y ajustadas para producir movimiento, y que ese movimiento se regula para indicar la hora del día; que si las diferentes partes hubieran tenido una forma diferente de la que tienen, o hubieran sido colocadas de otro modo o en otro orden, ningún movimiento se habría realizado en esa máquina, o ninguno que respondiera al uso que ahora tiene. [...] Observando este mecanismo, se requiere un examen del instrumento, y quizás un conocimiento previo del tema, para percibirlo y entenderlo; pero una vez observado y comprendido, como decíamos, es inevitable la inferencia de que el reloj debe tener un creador, que tiene que haber existido, en algún momento y lugar, un artífice o artífices que lo formaron para el propósito que actualmente sirve, que comprendió su construcción y diseñó su uso” (Behe, 1999, La caja negra de Darwin: 261-262).

Paley concluyó de este razonamiento que, de la misma manera, los seres vivos que pueblan la Tierra son altamente complejos y, por tanto, demandan la existencia de un Creador que los haya planificado. Fue muy criticado por culpa de las exageraciones que empleó en algunos de sus argumentos pero, en mi opinión, en éste del reloj jamás ha podido ser refutado. Ni Darwin ni ninguno de sus seguidores hasta hoy han sido capaces de explicar cómo es posible que un sistema tan complejo como un reloj (irreductiblemente complejo según Behe), se haya podido originar sin la intervención de un relojero que lo diseñara.

Sin embargo, hubo serios intentos de rebatirlo, como el del filósofo David Hume, quien arguyó que el argumento del diseño no era válido porque comparaba dos cosas que, en su opinión, no se podían comparar: una máquina y un organismo biológico. Es verdad que en aquella época no se podían comparar. No obstante, los avances de la bioquímica se han encargado de demostrar que Hume no tenía razón. Hoy se sabe que ciertos mecanismos biológicos son capaces de medir el tiempo como si fueran relojes.

Las células que controlan los latidos del corazón, el sistema hormonal que es capaz de iniciar la pubertad o la menopausia, las proteínas que ordenan a las células cuándo se tienen que dividir, y otros similares indican que la analogía entre un organismo viviente y un reloj no es tan disparatada. Además muchos de los componentes bioquímicos de la célula actúan como engranajes, cadenas flexibles, cojinetes o rotores similares a los que tienen los relojes. Los mecanismos de realimentación que se emplean en relojería también se dan en bioquímica. Incluso es posible que en el futuro se pueda llegar a diseñar relojes mediante materiales exclusivamente biológicos. Por tanto, la crítica de Hume ha quedado anticuada y ha sido descartada por los descubrimientos de la bioquímica moderna.

Otro argumento contrario al diseño inteligente es el de la imperfección. Si hay -se dice- un Creador sabio que diseñó la vida en este planeta, entonces debió hacerlo todo de manera perfecta, ¿por qué pues existen las imperfecciones? ¿Por qué posee el ojo humano un punto ciego? ¿A qué se debe el derroche de tantos genes sin función como existen en el ADN? ¿Por qué hay órganos rudimentarios que no tienen función? ¿No encaja todo esto mucho mejor con la selección natural al azar que con una planificación inteligente? Este presuntuoso razonamiento se basa en la equivocación de creer que se conoce la mente o los motivos del Creador. Si algo no concuerda con la concepción humana de cómo deberían ser las cosas, entonces se concluye que no puede existir tal proyectista original.

Sin embargo, es posible recurrir aquí a una analogía entre el diseñador por excelencia y los padres humanos. Piénsese, por ejemplo, en la educación de los hijos. ¿Otorgan siempre los padres a sus pequeños todo aquello que éstos les piden? ¿No hay muchos progenitores que niegan a sus descendientes los mejores juguetes, o los más caros y sofisticados, con el fin de no malcriarlos o de que aprendan a valorar el dinero? A veces, lo mejor no es lo más conveniente. El argumento de la imperfección pasa por alto el hecho de que el Creador pudo tener muchas razones para hacer las cosas como las hizo y que aquello que en la actualidad se considera como óptimo, no tenía por qué serlo también en los planes del diseñador.

Pretender realizar un análisis psicológico del Creador que revele los motivos de su actitud es una tarea muy arriesgada, a no ser que él mismo manifestara su finalidad. También es posible que muchas de las imperfecciones que existen actualmente en el mundo natural no hayan sido diseñadas así desde el principio, sino que se deban a degeneraciones genéticas provocadas por los cambios y la influencia del medio ambiente.

El argumento que supone que un Creador sabio habría hecho el ojo de los animales vertebrados sin punto ciego y que, por tanto, lo más razonable sería creer que éste fuera el producto de la evolución darwiniana no dirigida, se basa en un sentimiento emocional de cómo deberían ser las cosas y no en el rigor científico. Pues, lo cierto es que cuando se analiza a fondo la bibliografía especializada, no se descubren pruebas que demuestren cómo es posible que la selección natural, actuando sobre las mutaciones al azar, sea capaz de originar uno ojo con su punto ciego o cualquier otro órgano irreductiblemente complejo. “Un observador más objetivo sólo llegaría a la conclusión de que el ojo de los vertebrados no fue diseñado por una persona a quien le impresionara el argumento de la imperfección” (Behe, 1999: 277).

Tampoco la existencia de los órganos vestigiales, (como los ojos rudimentarios de los insectos cavernícolas o de algunos topos que viven siempre en la oscuridad, las pequeñas patas de ciertos lagartos parecidos a serpientes, la pelvis reducida de las ballenas o la existencia de seudogenes) es capaz de destruir el argumento del diseño inteligente. El hecho de que no se haya descubierto todavía la función de una determinada estructura no significa que carezca de ella. Antes se pensaba, por ejemplo, que las amígdalas no servían para nada. Hoy se sabe que poseen una función importante dentro del sistema inmunitario. Lo mismo puede decirse del apéndice cecal en el intestino, que es un órgano linfoide que participa también en la producción de defensas contra las infecciones.

La lista con más de 200 órganos humanos considerados rudimentarios a principios del siglo XX, se ha ido reduciendo hasta prácticamente desaparecer ya que se ha descubierto que cada uno de ellos cumple con alguna función útil por reducida que sea. Se ha señalado que la pelvis en las ballenas hace posible la erección del pene en el macho y contribuye a la contracción de la vagina en la hembra. Parece que los seudogenes no forman proteínas, pero deducir de esto que no sirven para nada es una conjetura arriesgada y prematura que se basa en suposiciones. Más adelante veremos que sí tienen una importante misión. Pero incluso aunque carecieran de alguna función, esto tampoco explicaría cómo se habrían podido producir por selección natural. De todo ello puede deducirse que el argumento de la imperfección es incapaz de refutar la creencia en un Creador original.

Lo que está ocurriendo actualmente es que la teoría del diseño inteligente que se opone al darwinismo, está cobrando cada vez más adeptos en el estamento científico. Son ya bastantes los estudiosos de prestigio que se han quejado de los planteamientos propuestos por el evolucionismo darwinista que parecen conducir inevitablemente a un callejón sin salida para sus investigaciones.

En este sentido el profesor Chauvin confiesa al principio de su obra: “Somos personas centradas en la práctica, con los pies en el suelo: lo que nos interesa de una teoría es que sea eficaz, que inspire experimentos. Ahora bien (y ya estoy oyendo chillar a algunos fanáticos), ¿reúne el darwinismo todavía estas condiciones? Es innegable que el darwinismo le ha dado un gran impulso a la biología, ¿pero puede Darwin todavía aportarnos algo? Creo que no, y no solo porque se hayan proferido demasiados disparates y errores en su nombre. [...] Me parece que desde hace años la convicción de que el darwinismo era la respuesta definitiva ha paralizado la investigación en otras direcciones; [...] hoy día no tenemos ninguna alternativa al darwinismo, salvo la de buscar una nueva teoría, cosa que hasta ahora no se ha intentado seriamente” (Chauvin, 2000, Darwinismo, el fin de un mito: 14).

Sin embargo, casi al final de su libro propone la siguiente idea: “Planteo la hipótesis de que podría haber dos programas, el de la doble hélice primero, relativamente a corto plazo, y otro programa a muy largo plazo, situado sin duda en el citoplasma, y del cual dependería la auténtica evolución de las especies. Esta hipótesis, en apariencia gratuita, podría desembocar en experimentos interesantes” (Chauvin, 2000: 281). Rémy Chauvin está convencido de que las especies han evolucionado, pero no mediante los mecanismos que propone el darwinismo sino por medio de algún programa todavía desconocido que debe estar escrito en el interior de las células. Pero si esto es así, la existencia de un programa requiere también la de un diseñador. Según sus propias palabras: “...no seamos hipócritas: cierto es que todo programa supone la existencia de un programador, y ninguna acrobacia dialéctica puede llevarnos a esquivar esta dificultad”.

De manera que la teoría de un diseño inteligente puede convertirse en un nuevo paradigma científico capaz de revolucionar la ciencia en el tercer milenio. A partir de ahora, si se abandonan los principios de Darwin, quizá será posible plantear experimentos que permitan demostrar qué sistemas biológicos fueron diseñados originalmente por el Creador y qué otros pudieron aparecer por mecanismos derivados de esa primera planificación.

La aceptación del diseño inteligente será sin duda capaz de hacer avanzar el conocimiento científico de los orígenes, tema que durante muchos años ha permanecido prácticamente estéril. Esto no significa que, de repente, todos los científicos tengan que volverse creyentes en el Dios de la Biblia (¡ojalá fuera así!), sino que de la misma manera en que es posible estudiar un meteorito que hace miles de años impactó con el planeta, analizando los elementos químicos que dejó esparcidos en un determinado lugar de la superficie terrestre, también resulta posible para la ciencia comprobar los efectos que un diseñador inteligente dejó patentes en los organismos vivos.

Es cierto que ninguna teoría científica puede imponer la creencia en Dios por la fuerza de la razón. La detección del diseño en el mundo natural no es capaz de facilitar información acerca del carácter del diseñador. Los investigadores ateos o agnósticos seguramente continuarán creyendo que la inteligencia creadora surgió de misteriosos alienígenas, que sembraron la Tierra con esporas vitales en una “panspermia dirigida” (lo cual no hace sino retrasar el problema del origen de la vida), o en cualquier otra hipótesis, mientras que los creyentes, como es obvio, preferiremos aceptar que el diseñador fue el Dios personal que se revela en la Escritura. Pero, a pesar de que la identidad del diseñador es ignorada por la ciencia, lo cierto es que ésta se abre por completo a la necesidad de su existencia. La gran revolución que debe asumir la comunidad científica en el siglo XXI es que la vida no procede de simples leyes naturales como se pensaba hasta ahora, sino de un diseño realizado por un agente inteligente. Y para los cristianos, desde la perspectiva de la fe, tal agente seguirá siendo el Dios de la Biblia.

La censura al argumento del diseño se ha fundamentado, durante más de un siglo, en la teoría darwinista de la selección natural. Según ella todos los seres vivos de este planeta habrían surgido por medio de la combinación del azar y la poderosa selección natural. Aunque pudiera parecer que tales formas vivas muestran indicios de diseño o de estar orientadas hacia una finalidad concreta, lo cierto sería más bien todo lo contrario. La selección natural no hace planes de futuro, no tiene visión para anticipar las cosas, ni intenciones previas, ni diseño inteligente, ni nada de nada. Es, en cualquier caso, como un relojero ciego y sin voluntad. De ahí que, según este criterio, no resulte posible comparar un reloj con un ser vivo.

Siempre me ha sorprendido la credulidad que hay que tener para aceptar tales planteamientos. ¿Cómo no ver que cuando se multiplica azar por azar sólo puede surgir más azar? ¿Acaso no es un salto de fe asumir que el producto de la casualidad de las mutaciones por la casualidad de la selección natural que actúa en el medio ambiente, sea capaz de dar lugar a estructuras tan poco azarosas o casuales como el cerebro humano? ¿Cómo se puede pensar que esto sea un hecho científico? Es evidente que la selección natural ciega se da en la naturaleza, de la misma manera que la selección artificial dirigida por el hombre se da también en las granjas y corrales, pero que sus efectos sean tan asombrosamente creativos como para producir, prácticamente de la nada, la maravillosa diversidad y el diseño de los seres vivos, es algo contrario al sentido común y a toda lógica.

Incluso aunque se siga esta misma línea de razonamiento evolucionista, se llega pronto a un importante absurdo: ya que el relojero que fabricó el reloj es un ser humano y, según el darwinismo, producto también del azar y la selección natural, entonces deberíamos admitir necesariamente que su obra artesanal, el reloj, fue fabricado sin finalidad alguna, sin previsión, sin plan de futuro, ya que procede de un individuo que habría sido creado de esa forma. ¿Cómo puede un ser surgido por casualidad originar obras con finalidad? ¿Es capaz lo incausado de diseñar y ser causa de algo? ¿No resulta todo esto, en el fondo, insensato e inaceptable?

La objeción evolucionista al argumento del diseño ha entrado hoy en una grave crisis ya que su principal apoyo, el mecanismo de la selección natural, se ha puesto en entredicho por parte de los propios científicos transformistas. A lo largo de la década de los setenta el paleontólogo, Stephen Jay Gould, fue uno de los primeros en perder la fe en la selección natural y en inducir también a otros a perderla. Al constatar las importantes lagunas del registro fósil y darse cuenta de que la mayoría de las especies petrificadas aparecían ya perfectamente formadas en los estratos, entendió que el gradualismo propuesto por Darwin, así como su método de la selección natural, no podían explicar los hechos. Entonces propuso otra teoría, la del equilibrio puntuado, en la que se evidenciaba su deseo de encontrar un mecanismo genético mucho más rápido que la selección natural y que no requiriera tantos fósiles intermedios como el darwinismo.

Actualmente el evolucionismo esta dividido en tres bandos: los neodarwinistas ortodoxos que se mantienen fieles a la selección natural, aquellos otros que prefieren la estabilidad de las especies a lo largo de toda su existencia, tal como propone el equilibrio puntuado, pero con grandes cambios adaptativos originados, según se cree, en breves momentos y en áreas geográficas muy restringidas, y, por último, quienes conciben la evolución como una mezcla de ambos planteamientos.

No obstante, esta diversidad de criterios indica que el hipotético mecanismo de la evolución sigue sumido en la más absoluta oscuridad. Hoy por hoy, las teorías de la selección natural continúan basándose en suposiciones no demostradas, pues extrapolar los resultados de experimentos que sólo han durado unos meses, a la inmensidad de los tiempos geológicos, constituye una auténtica extravagancia (Chauvin, 2000). De manera que el tradicional argumento del diseño continúa con la misma irrefutable validez que en los días de Newton, Tomás de Aquino o el mismo William Paley.





Fuente: Creacionismo.net
Autor: Antonio Cruz Suárez. (España, 1952-) científico y teólogo protestante. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Barcelona el 17 de Marzo de 1979 y Doctor en Biología por la misma Universidad de Barcelona el 10 de julio de 1990. Ha sido Catedrático de Biología y Jefe del Seminario de Ciencias Experimentales del Instituto Investigador «Blanxart» en Barcelona; Biólogo investigador del «Centro de Recursos de Biodiversidad Animal» del Departamento de Biología Animal de la «Universidad de Barcelona.»; Miembro del Tribunal de Oposiciones al Cuerpo de Profesores y miembro distinguido de la «Asociación Española de Entomología», de la «Institució Catalana d´Història Natural» y de la «Société Française d’Historia Naturelle». Ha trabajado en diversas investigaciones zoológicas y descubierto numerosas especies de crustáceos isópodos. Sus principales obras: La ciencia, ¿encuentra a Dios?; Una desmitificación de la Sociología; Una propuesta para el tercer milenio; Parábolas de Jesús en el mundo postmoderno; La ciencia: ¿encuentra a Dios?; El cristiano en la aldea global; Bioética cristiana, Darwin no mató a Dios, y Postmodernidad.

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sábado, 8 de agosto de 2009

La crisis del darwinismo. Por Antonio Cruz Suárez

¿Es capaz hoy el darwinismo de explicar satisfactoriamente los nuevos datos aportados por la paleontología, la bioquímica, la genética y la microbiología modernas?

¿Acaso la investigación en las ciencias biológicas no ha puesto de manifiesto toda una serie de anomalías importantes para la teoría darwinista?

¿Puede dicha teoría convivir con estas irregularidades o, por el contrario, se verá forzada a ser sustituida por una nueva cosmovisión?

Con motivo del 200 aniversario del nacimiento de Darwin estamos asistiendo, durante este año 2009, a una continua lluvia de manifestaciones en los medios de comunicación que en general tienden a exaltar las bondades del darwinismo, así como la relevancia actual de la selección natural de las especies, motor creativo de dicho proceso que actuaría sobre las modificaciones producidas en los seres vivos por las mutaciones al azar. Leyendo estos trabajos da la impresión de que el funcionamiento de la evolución esté ya perfectamente claro y no existan discrepancias en el seno de la comunidad científica acerca de esta teoría propuesta hace 150 años por el famoso naturalista inglés. Incluso parece como si los divulgadores y los propios científicos se hubieran puesto de acuerdo para cerrar filas en defensa del sacrosanto evolucionismo naturalista y contrarrestar esos peligrosos aires heréticos de quienes discrepan como los del nuevo Diseño Inteligente, confundido erróneamente con el creacionismo más puro y duro de mediados del siglo pasado. El miedo a que ciertas observaciones científicas pongan en entredicho el paradigma evolutivo dominante, así como la concepción naturalista y materialista del universo que impera hoy en Europa, hace que se descalifique sistemáticamente a los científicos adversarios y se cierren los ojos a la realidad de sus hallazgos o sugerencias.

Ante semejante actitud nos parece oportuno plantear las siguientes cuestiones al respecto: ¿es capaz hoy el darwinismo de explicar satisfactoriamente los nuevos datos aportados por la paleontología, la bioquímica, la genética y la microbiología modernas? ¿Acaso la investigación en las ciencias biológicas no ha puesto de manifiesto toda una serie de anomalías importantes para la teoría darwinista? ¿Puede dicha teoría convivir con estas irregularidades o, por el contrario, se verá forzada a ser sustituida por una nueva cosmovisión?

Darwin se inspiró en las ideas de Malthus y Spencer, así como en la teoría económica liberal, para ver en la naturaleza una lucha permanente de todos contra todos por la propia supervivencia. Según su opinión, esta competencia general por los recursos del ambiente físico sería el verdadero motor que originaría gradualmente las especies. Los más aptos frente a las condiciones del medio dejarían más descendientes, mientras que los perdedores se extinguirían. Posteriormente sus seguidores, los neodarwinistas, hicieron hincapié en dos aspectos de esta teoría. Primero, en que las mutaciones se producirían siempre de manera gradual y no a saltos bruscos. Y en segundo lugar, que todo este proceso ocurriría por azar. No habría ningún principio que causara las mutaciones ni dirigiera dicha transformación.

El primer problema serio para la teoría de Darwin lo plantea el registro fósil, ya que éste no revela en modo alguno ese gradualismo que requiere la teoría. Y en la actualidad, después de ciento cincuenta años de desenterrar fósiles, mucho menos que en los días del padre de la evolución. Hoy se conocen más de 250.000 especies fósiles, pero su estudio no refleja las formas de transición que deberían haber existido según el gradualismo darwinista. Por el contrario, lo que evidencian millones de organismos petrificados son largos periodos durante los cuales las especies permanecen inmutables (periodos de estasis), seguidos por grandes extinciones en masa y el surgimiento brusco de nuevas especies perfectamente formadas en los estratos rocosos superiores. No se dan las hipotéticas transiciones graduales entre grupos diferentes.

Al constatar dicha realidad, Gould y Eldredge, propusieron su modelo del “equilibrio puntuado” para adaptar el darwinismo a los problemas del registro fósil. Según ellos, las especies podrían sufrir “cambios episódicos momentáneos” pero a un ritmo “suave y gradual”. En vez de una línea recta progresivamente ascendente, la evolución tendría que parecerse más bien a un trazo quebrado como el de una escalera. Alguien compararía después este nuevo proceso transformista con la vida de un soldado: largos períodos de aburrimiento separados por breves instantes de terror. Pues bien, aunque todo esto pueda sonar a querer “nadar y guardar la ropa”, lo cierto es que el evolucionismo asume hoy que los cambios en los organismos pueden deberse unas veces al gradualismo de Darwin y otras, las más, al equilibrio puntuado de Gould y Eldredge. La realidad es que los insignificantes ejemplos fósiles que aporta la paleontología son del todo insuficientes para fundamentar sobre ellos una teoría con tantas pretensiones como el darwinismo. Y lo mismo ocurre con los hipotéticos saltos del equilibrio puntuado. No hay forma de comprobar cómo se originaron esas milagrosas mutaciones. Hoy por hoy, nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que mueve realmente la evolución.

No obstante, a pesar de no saberse, se afirma categóricamente que la evolución es un hecho y no sólo una teoría. Si existen lagunas, la ciencia ya se encargará de irlas llenando poco a poco. Incluso en ocasiones se confunde hecho con teoría. Ahora bien, el darwinismo es una teoría que pretende explicar la evolución de las especies pero que, como decimos, está siendo cuestionada desde diferentes ángulos. Otras teorías que procuran lo mismo, además de la ya mencionada del equilibrio puntuado, son la “neutralista” de Motoo Kimura, que le resta importancia a la selección natural de Darwin al decir que la mayoría de los genes mutantes son selectivamente neutros, es decir, no tienen ni más ni menos ventajas evolutivas que los genes a los que sustituyen; la “endosimbiosis” de Lynn Margulis, que sostiene que la evolución se produciría por transferencia de información entre bacterias primitivas y los núcleos de células superiores; o la “integración de virus en genomas” de Máximo Sandín. Este último, que es español y profesor en la Universidad Autónoma de Madrid, rechaza también el mecanismo fundamental de la evolución darwinista (mutaciones y selección natural) para afirmar que la transformación de las especies se debería a la introducción de virus en genomas ya existentes (M. Sandín, Pensando la evolución, pensando la vida, Ed. Crimentales, Murcia, 2006). Por otro lado, existe también una seria objeción contra los planteamientos tradicionales del evolucionismo representada mediante el concepto de “complejidad irreducible” del norteamericano Michael J. Behe (La caja negra de Darwin, Ed. Andrés Bello, Barcelona, 1999).

Se necesitaría bastante más espacio del que disponemos en este artículo para analizar cada una de tales perspectivas científicas. Sin embargo, podemos afirmar que cualquier teoría, como tal, puede ser puesta en duda cuando numerosos hechos la contradicen. Por tanto, la teoría de la evolución no es un hecho sino una interpretación de los hechos. No debe confundirse ni identificarse la teoría de Darwin con el hecho de la evolución ¿Cuáles son los hechos verdaderos o en qué sentido podría la evolución considerarse como un hecho?

Desde los días de Darwin los evolucionistas creen que la evolución es un hecho fundamental de la biología. No obstante, a nuestro modo de ver, cometen una extrapolación inaceptable. Una cosa es el cambio evidente que experimentan todas las especies de este planeta, y que se pone de manifiesto por la increíble diversidad de razas, variedades e incluso especies similares dentro de determinados grupos, algo real que no ponemos en duda y que puede deberse a las mutaciones más la selección natural del ambiente, y otra cosa muy distinta, los múltiples cambios generales que propone el darwinismo entre una microscópica célula primitiva y un científico de la NASA, por ejemplo, pasando por los millones de especies biológicas que habitan o habitaron en algún momento la biosfera. La microevolución es un hecho, mientras que la macroevolución entre los grandes grupos de organización de los seres vivos sigue siendo una teoría. No existe demostración científica de que los mecanismos que actúan en la primera hayan sido los responsables también de la segunda. Extrapolar la selección gradual de pequeñas diferencias, debidas a mutaciones puntuales y cromosómicas que ocurren dentro de grupos como las mariposas o los pájaros, a las enormes divergencias que requiere el origen de las aves o el de los invertebrados, es un gran acto de fe evolucionista.

Otro problema importante para la teoría surge de la improbabilidad de que se originen estructuras complejas por el simple azar. Tradicionalmente esta dificultad se soslayó apelando a los elevados períodos de tiempo que propone la evolución (centenas o millares de millones de años), así como al poder de la selección natural para escoger y conservar lo adecuado frente a lo erróneo. Se dice, por ejemplo, que un chimpancé tecleando al azar podría escribir El Quijote, si dispusiera de todo el tiempo del mundo y cada vez que acertara una palabra por casualidad, el ordenador la guardara sistemáticamente y la colocara en su sitio. La ardua labor del simio representaría el papel de las mutaciones, mientras que la selección natural sería el trabajo de la computadora. Por tanto, dicha selección de la naturaleza, sin intencionalidad ni reglas, tendría un significado fundamental en el mantenimiento de las variaciones. La naturaleza crearía orden a partir del desorden. No obstante, esto implica también que todo paso intermedio probable entre una especie biológica simple y su descendiente más compleja debería presentar alguna ventaja selectiva. Si no se considera así, la explicación no respetaría la propia teoría darwinista.

Dejando de lado la pertinencia del ejemplo del mono (ya que un ordenador que selecciona y guarda palabras es precisamente un objeto diseñado por un agente inteligente, mientras que la naturaleza desde el punto de vista evolucionista carece de previsión e inteligencia), podemos decir que Darwin no tenía ni la menor idea de cómo era una célula viva por dentro, ni de los complejos procesos que ocurrían en su interior. En la actualidad, la ciencia que estudia las células, la citología, ha descubierto un mundo liliputiense formado por complejas y precisas máquinas moleculares que interactúan entre ellas, planteando un reto fundamental a los principios del darwinismo.

Sabemos que la materia de la que estamos hechos los seres vivos no tiene nada de misteriosa. Las células vivas están constituidas por moléculas formadas por elementos químicos simples como el carbono, el oxígeno o el hidrógeno. Hasta aquí todo parece normal. Sin embargo, lo verdaderamente extraordinario es que tales moléculas y las relaciones que llevan a cabo entre sí, constituyen un sistema altamente complejo y organizado, distinto de todo lo que la naturaleza nos había mostrado hasta ahora. Cuando la información contenida en los genes es desvelada por las proteínas, no se trata solamente de la traducción automática de unas secuencias de letras a otras correspondientes, sino de un proceso complicado en el que las enzimas involucradas “parecen saber” lo que están haciendo o “haber sido programadas” para hacerlo. Desde luego, este comportamiento no habría podido originarse jamás mediante un lento amontonamiento de moléculas a lo largo del tiempo, como propone el darwinismo.

Este misterioso comportamiento de la bioquímica celular es con frecuencia soslayado por los biólogos reduccionistas que pretenden que la aparición de la vida y la complejidad de las células parezcan algo banal e inevitable, que podría ser explicado fácilmente en términos de mutaciones al azar y selección natural. No obstante, las especulaciones por muy creativas que sean nunca podrán alcanzar el estatus de ciencia. Hablar de cosas que “ocurrieron” en el pasado, sin describir cómo es que pudieron haber sucedido a la luz de los conocimientos actuales, es no decir nada desde el punto de vista científico. Esto es precisamente lo que afirma Behe en su polémico libro. De ahí que se le haya criticado tanto, porque sus objeciones suponen un importante desafío para la teoría de la evolución.

Los principales procesos que sustentan la vida, como la fabricación de proteínas, el mecanismo de coagulación sanguínea o el propio sistema inmunológico, así como también todos los órganos complejos como el ojo, las membranas celulares o los flagelos de las bacterias, son procesos y órganos irreduciblemente complejos (en palabras de Behe). Es decir, en los que esa complejidad no se puede haber formado por mutaciones aleatorias en el código genético y por selección natural, como afirma el darwinismo. En una naturaleza que carece de intención, las fases intermedias de cualquiera de estos órganos y procesos, que no sirvieran para nada, no tendrían por qué perdurar. Si no suponían ninguna ventaja para la supervivencia del organismo en cuestión, la propia selección natural se habría encargado de eliminarlos. Y por otro lado, la probabilidad de que ocurriera una mutación al azar conjunta de todas las partes de cualquier órgano, para generarlo completo de una vez y funcionando bien, es completamente nula.

La conclusión a la que llega Behe, (que es en realidad lo que peor ha sentado al estamento evolucionista tradicional) después de reconocer la incapacidad del darwinismo para dar cuenta del origen de la vida, es que probablemente no existe ninguna explicación natural para este fenómeno y que, por lo tanto, sólo queda apelar a una explicación sobrenatural. Un diseñador inteligente que estaría más allá de las posibilidades de la ciencia humana. Las primeras palabras de la Biblia ya lo dicen con una claridad meridiana: En el principio creó Dios. Sin embargo, la pregunta sigue en el aire para quienes se niegan a aceptarlas. Si Dios no es el Creador inteligente de este mundo, ¿cómo se forman, mantienen y cambian los seres vivos, poseedores de estructuras extremadamente complejas que no se someten a las explicaciones de Darwin? ¿Por qué el universo parece tan exquisitamente diseñado? ¿Es la conciencia humana un mero producto de la materia? La pelota está en su campo. Ellos son quienes deben responder y demostrar lo contrario.





Fuente: Creacionismo.net
Autor: Antonio Cruz Suárez. (España, 1952-) científico y teólogo protestante. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Barcelona el 17 de Marzo de 1979 y Doctor en Biología por la misma Universidad de Barcelona el 10 de julio de 1990. Ha sido Catedrático de Biología y Jefe del Seminario de Ciencias Experimentales del Instituto Investigador «Blanxart» en Barcelona; Biólogo investigador del «Centro de Recursos de Biodiversidad Animal» del Departamento de Biología Animal de la «Universidad de Barcelona.»; Miembro del Tribunal de Oposiciones al Cuerpo de Profesores y miembro distinguido de la «Asociación Española de Entomología», de la «Institució Catalana d´Història Natural» y de la «Société Française d’Historia Naturelle». Ha trabajado en diversas investigaciones zoológicas y descubierto numerosas especies de crustáceos isópodos. Sus principales obras: La ciencia, ¿encuentra a Dios?; Una desmitificación de la Sociología; Una propuesta para el tercer milenio; Parábolas de Jesús en el mundo postmoderno; La ciencia: ¿encuentra a Dios?; El cristiano en la aldea global; Bioética cristiana, Darwin no mató a Dios, y Postmodernidad.

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martes, 21 de julio de 2009

Tiene sentido la creacion? Por Graeme Loftus

Después de terminar sus estudios en el Christ’s College de Cambridge, Inglaterra, que lo preparaban para ser ministro, Charles Darwin se embarcó como pasajero del buque H.M.S. Beagle, comenzando así un camino que estaba destinado a influir en todo el mundo.

Su travesía duró cinco años y lo llevó a la costa occidental de Sudamérica, donde observó diversas clases de animales exóticos y desconocidos. Los pinzones de las Islas Galápagos, atraparon su atención. Estudió estas aves, recolectó muestras y observó que tenían picos de diversos tamaños y formas. La observación que hizo de estas variaciones inspiró el desarrollo de su teoría de los orígenes.

Darwin regresó a Inglaterra en 1836, y en 1842 comenzó a preparar un borrador de su libro El origen de las especies, que fue publicado finalmente en 1859.

Poco después de la publicación del libro, mantuvo una extensa correspondencia con su amigo y colega Asa Gray, donde compartió sus dudas y confusión respecto del fin y la dirección última de la evolución. “Soy consciente de que estoy en una situación totalmente sin salida”, confesó. “No puedo pensar que el mundo, tal como lo vemos, es resultado de la casualidad; sin embargo, no puedo mirar a cada objeto por separado como resultado del diseño” (www.darwinproject.ac.uk/darwinletters/calendar/entry-2998.html).

La confusión expresada por Darwin se produjo cuando procuró conectar todas las maravillas del mundo natural, observadas con las severas condiciones que vio, en coexistencia con esa belleza. Como resultado de todas las fuerzas destructivas que presenció, eligió rechazar a Dios antes que buscar una interpretación bíblica de esas distorsiones del mundo creado.

En la lucha por entender los orígenes, cada uno de nosotros debe enfrentar el mismo dilema. No podemos evitar hacernos preguntas tales como: ¿De dónde vine?” “¿Cómo llegué hasta aquí?” y “¿Qué significado tiene mi existencia?”

En último término, Darwin adoptó una teoría atea de los orígenes. En otras palabras, dejó completamente afuera a Dios. Por otro lado, el teísmo ofrece una explicación de los orígenes que toma en consideración a Dios. Como ninguno de nosotros estuvo presente para ver cómo comenzó todo, tenemos que examinar las evidencias disponibles y tomar una decisión.

Presuposiciones de la evolución

La evolución se basa en ciertas presuposiciones, delineadas por el extinto G. A. Kerkut de la Universidad de Southampton, Inglaterra (Implications of Evolution [Pergamon, 1960]):

* Los elementos no vivientes dieron origen a la materia viva.
* Esta generación espontánea se produjo solo una vez.

* Los virus, las bacterias, las plantas y los animales están interrelacionados.

* Los organismos unicelulares dieron origen a los organismos pluricelulares.

* Todos los organismos invertebrados están interrelacionados.
* Esos organismos invertebrados dieron origen a los vertebrados.
* Los peces dieron origen a los anfibios, entonces a los reptiles, luego a las aves y finalmente a los mamíferos.


Que los lectores saquen por sí solos sus conclusiones respecto de la probabilidad de que estas presuposiciones se hayan producido. La Biblia, sin embargo, nos brinda evidencias convincentes que nos ayudan a extraer otras conclusiones sobre nuestros orígenes.

El apóstol Pablo afirma que todos los seres humanos pueden saber algo sobre Dios por medio de la naturaleza, por más que no conozcan la Escritura: “Lo invisible de él, su eterno poder y su deidad, se hace claramente visible desde la creación del mundo y se puede discernir por medio de las cosas hechas. Por lo tanto, no tienen excusa” (Rom. 1:20).

Pablo dice que puede ser que no conozcamos a Dios por completo al estudiar la naturaleza, pero hay dos cosas que podemos saber de sus cualidades invisibles. La primera es que él es eternamente poderoso y la segunda, que es divino. Puede ser que Darwin no haya elegido equiparar el poder que gobernaba su “selección natural” con el Dios de la Biblia, aunque describe ese poder como eterno y en términos similares a la divinidad. Su deidad era, en cierto sentido, desconocida.

La Biblia declara la naturaleza real de ese Dios “desconocido” sin concesiones: “El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay” es “Señor del cielo y de la tierra. . . Él es quien da a todos vida, aliento y todas las cosas. De una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres para que habiten sobre toda la faz de la tierra. . . porque en él vivimos, nos movemos y somos. . . y ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, acreditándolo ante todos al haberlo levantado de los muertos” (Hech. 17:24-31).

El poder creador de Cristo

La pregunta de los orígenes depende de aceptar o no la resurrección de Cristo y su afirmación de ser el Creador de todo lo que existe y, como tal, nuestro Señor (véase Juan 1: 13, 14). Cuando leemos en el Evangelio de Juan que Jesús es llamado el “Verbo” que nunca tuvo comienzo, el que es igual a Dios el Padre y quien hizo todas las cosas que existen, tenemos que decidir si es una afirmación auténtica o un engaño.

El relato de la Creación del Génesis dice que el Verbo habló y los elementos surgieron a la existencia mediante esa declaración tan repetida “y dijo Dios”. Sostiene así que lo que antes no existía surgió repentinamente a la existencia.

Existe una cualidad intangible en la naturaleza de las palabras pronunciadas por Cristo, que fue capaz de producir vida. En presencia de un hombre que había estado muerto por cuatro días y cuyo cuerpo se estaba descomponiendo, Jesús exclamó a gran voz: “‘¡Lázaro, ven fuera!’ Y el que estaba muerto salió” otra vez lleno de vida (Juan 11:43, 44). Alguien dijo que si Jesús no hubiera limitado esa orden solo a Lázaro, todos los muertos habrían resucitado al escuchar sus palabras.

Lo que Darwin no vio

Aun la lectura informal del relato de la Creación del Génesis revela el corazón de Dios por sus criaturas y su creación: “Y vio Dios todo cuanto había hecho, y he aquí era bueno en gran manera” (Gén. 1:31). No había nada en la creación que reflejara la destrucción que confundió a Darwin. Cada animal, cada planta, cada elemento recién creado del planeta, reflejaba la gloria de Dios y sus propósitos benignos para sus criaturas. Hasta que la humanidad rechazó las palabras vivificantes de Jesús el Creador, la tierra no había producido espinas y todas las demás maldiciones (véase Gén. 3:1-16).

El entender esto nos ayuda a hallar el sentido del estado actual de la tierra y de todo lo que está en ella. Pero el mismo Señor que creó todas las cosas con su palabra dice: “Yo crearé nuevos cielos y nueva tierra” (Isa. 65:17).

Hasta entonces, escribe el apóstol Pablo, la creación aguarda “la manifestación de los hijos de Dios”. Toda la creación gime, y “está con dolores de parto”, esperando “la adopción, la redención de nuestro cuerpo” (Rom. 8:19-23).
Y sabemos que Jesús cumplirá su palabra.


Fuente: Adventist World / El presente artículo es una versión abreviada y editada, del trabajo que apareció en Signs of the Times (Australia) en septiembre de 2005.
Autor: Graeme Loftus es un pastor jubilado que vive en Charlestown, Australia.

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martes, 7 de julio de 2009

Puedo creer. Por Elaine Kennedy

Tenía siete años de edad. Desde mi cama, en un dormitorio oscuro, oraba a Dios, pero sentía que mis oraciones rebotaban del cielo raso y me golpeaban el rostro. Dios no estaba conmigo, en mi corazón, sino allá afuera, en algún lugar, y había un gran vacío oscuro entre nosotros. No podía alcanzarlo, y yo estaba convencida de que era mi culpa. El terror que se escurría de mi corazón empapaba cada hueso de mi cuerpo y sentí que debía correr hacia la luz, hacia la seguridad de la presencia de mis padres en la sala. Me lancé al piso y me aferré a las rodillas de mi madre y clamé: “¡Mamá, mamá, algo terrible está ocurriendo! He estado orando a Dios pero él no me escucha y yo sé que es por mi culpa”.

Papá saltó del sofá y apagó el televisor. Quedé sorprendida; me voltée hacia él y le rogué: “¡Por favor, tienes que orar por mí!” Mi padre me respondió con palabras que me parecieron crueles: “No puedo orar por ti, Elaine”. Torné hacia mi madre, pero él continuó: “Tu madre tampoco puede orar por ti”. Mamá intervino con el término más tierno que emplea para dirigirse a mí: “Oh, Laney, el Espíritu Santo te está llamado al arrepentimiento”. El corazón se me salía del pecho mientras papá añadía: “Ni mamá ni yo podemos ofrecerte la salvación. Sólo tú puedes decirle a Dios las palabras necesarias. Regresa a tu cuarto y ora”. Me llené de pánico. “¿Y qué digo?” La respuesta fue sencilla: “Díle a Dios lo que tengas en tu corazón”. Angustiada regresé a la cama y vacié mi corazon ante Dios: “Señor, detesto cómo me siento y sé que es mi culpa. Por favor, Dios, perdóname. No quiero sentirme así nunca más”. Una paz cálida impregnó mi cuerpo y me quedé dormida, era una nueva persona.

Para ese entonces éramos bautistas del sur y teníamos creencias conservadoras que incluían el concepto de un Creador y una creación reciente. No tuve problemas hasta el noveno grado, cuando tuve que hacer un informe sobre El origen de las especies, de Charles Darwin, para la clase de Biología. En ese tiempo yo sólo leía las leyendas y los párrafos introductorios y finales de cada sección, así que probablemente no leí todo el libro; pero lo que leí me puso furiosa. Lo sé, porque mi maestro escribió en el informe: “Elaine, no dejes que las ideas de un hombre te molesten tanto”. Yo entendí que me quería decir que yo tenía el derecho de albergar mis propias ideas. Desde ese momento ese fue mi lema personal; lo que resultó en una pesadilla para mis padres y mis maestros.

Durante ese mismo año ocurrió un cambio que tendría un profundo efecto sobre mi teología, un nuevo pastor vino a nuestra iglesia. Su primer sermón fue sobre la creación y comenzó a decirnos que habíamos malinterpretado el Génesis. Quedé atónita. Nos dijo que no habíamos entendido bien su significado. Entonces nos presentó el concepto de la evolución teísta. Me encantó. Así podía unir mi ciencia y la Biblia sin escrúpulos. Durante ese sermón particular, acepté el concepto y dejé a mi Creador por un “Guía divino”. Las implicaciones teológicas de una transición tal eran enormes, pero a mis 14 años de edad no las capté.

Este cambio no se manifestó en un alejamiento de Dios. Mi compromiso con Dios no había menguado, aunque mis padres no asistían tanto a la iglesia por causa de forcejeos políticos en dos congregaciones locales. Debido a esto, mi padre nos llevaba a mi hermano y a mí a reuniones en diversas iglesias. Cuando cumplí 16 años, me dio un automóvil y comencé a asistir más a menudo a la iglesia. Dios estuvo muy cerca de mí durante esos años, a pesar de que mi comprensión de su persona se tornaba cada vez más confusa.

Al acercarme a mi graduación de escuela secundaria, me enfrenté a un serio problema. Estaba convencida de que mi padre esperaba una de dos cosas, que me casara o consiguiera un empleo. No me entusiasmaba ninguna de las dos opciones, así que decidí entretenerme en otra cosa. ¡Se me ocurrió ir a la universidad! Aunque me encantaba la ciencia, me matriculé en el curso de historia; de todas formas, era algo temporal hasta que consiguiera un “empleo serio”.

Pero las cosas no sucedieron según mis planes. En el segundo semestre, mi consejero académico me animó a tomar una clase de Geología, en realidad, casi me obligó. A mitad del semestre cambié mi concentración a Geología. Mi padre se puso lívido. Se imaginaba que su hija se estaba preparando para trabajar en pozos de petróleo.

Al año siguiente tomé mi primera clase sobre fósiles, Paleontología Invertebrada, el estudio de animales sin espina dorsal que han sido preservados en las rocas. El curso era fascinante e incluía viajes de exploración. Hubo uno que no olvidaré. Una colina había sido cortada por una carretera y mientras subíamos casi arrastrándonos, veíamos toda una gama de corales, caracoles y ostras enterradas en el polvo. Cuando levanté la mano, noté pequeñas piedras adheridas e intenté determinar el tipo de piedra que eran. Del tamaño de un grano de trigo, eran los restos de animales marinos unicelulares llamados foraminífera. Por alguna razón me sentí conmovida por la muerte de estos miles de animalitos. Dios no había creado a los seres vivos para que muriesen. ¡Mi Dios no era así! ¡Mi Dios me ama! Lloré y nadie me preguntó por qué.

Dejé de pensar en estos asuntos hasta un año después de mi luna de miel. Me había casado con un joven maravilloso y había dejado los estudios. Nos habíamos conocido en la iglesia y nos habíamos entusiasmado con un grupo de estudio que empleaba el libro de Hal Lindsey, Adios, planeta Tierra. ¡Jesús venía pronto! Estábamos interesados en aprender más del tema, y en ese entonces llegó a nuestra ciudad “La cruzada de la profecía”, con el evangelista Kenneth Cox.

Las reuniones eran interesantísimas y los bosquejos de los sermones que entregaban a la salida contenían todos los textos bíblicos que se usaban cada noche. Apenas llegábamos a casa cada noche comparábamos los textos con nuestro libro. A la noche siguiente, íbamos a la sesión de preguntas y respuestas al final de la reunión y usualmente yo comenzaba con las palabras “Hal Lindsey dice...”, y el pastor Cox me respondía, “veamos lo que la Biblia dice”. Al continuar los estudios, la Biblia nos hizo sentido por primera vez en la vida. Los mensajes eran vianda fuerte para el alma y estábamos extasiados hasta que el pastor Cox predicó el sermón: “El cumpleaños de la madre de Adán”.

No hice preguntas esa noche. Me dirigí al frente y dije: “¡Usted está loco! ¡No sabe de qué habla! Yo soy una geóloga y yo sé que la tierra tiene por lo menos 600 millones de años!” El pastor Cox tuvo sólo una pregunta: “¿Se animaría a venir mañana? Tengo un libro que deseo que usted lea”. Yo no estaba interesada y no tenía planes de regresar, pero el pastor apeló a mi avaricia. “Le daré el libro”, me dijo. Sólo tendría que asistir otra noche, así que regresé para recibir el libro La creación: ¿Accidente o diseño?, del Dr. Harold Coffin. El autor escribió acerca de las rocas que yo había estudiado durante tres años, pero su interpretación de la información concordaba con una percepción conservadora de las Escrituras. Quedé despierta toda la noche leyendo párrafos salteados de todo el libro y al llegar a la mañana estaba convencida de que los datos no eran problemáticos, sino las interpretaciones que yo me había tragado como si fuesen un hecho. Un pensamiento feliz dominaba mi mente: “Puedo creer nuevamente en la Biblia”.

Desde ese momento he encontrado algunos argumentos científicos muy serios e información que ha traído verdaderos desafíos a mi fe. En mi trabajo diario leo revistas profesionales y hablo con personas que me recuerdan que mis creencias no son comunes dentro de la comunidad científica. En todos estos años he encontrado que cuando se ponen a un lado los argumentos, las explicaciones e interpretaciones, y se llega a los datos puros, en la mayoría de los casos la información guarda consistencia con una comprensión bíblica de la historia de la tierra. Hay algunas cosas para las cuales no tengo respuestas. Estas cosas no sacuden mi fe, sino que me proveen temas estimulantes de oración, meditación e investigación, porque mi fe no está basada en datos científicos; se trata de una experiencia viva e íntima con Dios y su Palabra. Es un regalo de su parte.


Fuente: El Centinela
Autor: Elaine Kennedy. Creacionista, investigadora del Instituto de Investigación en Geociencia / Geoscience Research Institute. Ph.D. en geología en la University of Southern California. M.S. en geología en Loma Linda University. B.S. en geologia en la Phillips University.

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